Narciso Selfie




Narciso era hijo del dios boecio del río Cefiso y de Liriope, una ninfa acuática. El famoso vidente Tiresias ya había hecho la predicción de que viviría muchos años, siempre y cuando no se viese a sí mismo. A los 16 años Narciso era un joven apuesto, que despertaba la admiración de hombres y mujeres. Su arrogancia era tal que, tal vez a causa de ello, ignoraba los encantos de los demás. Fue entonces cuando la ninfa Eco, que imitaba lo que los demás hacían, se enamoró de él. Con su extraña característica, Eco tendía a permanecer hablando cada vez que Zeus hacía el amor con alguna ninfa. Narciso rechazó a la pobre Eco, tras lo cual la joven languideció.
Su cuerpo se marchitó y sus huesos se convirtieron en piedra. Sólo su voz permaneció intacta. Pero no fue la única a la que rechazó y una de las despechadas quiso que el joven supiese lo que era el sufrimiento ante el amor no correspondido. El deseo se cumplió cuando un día de verano Narciso descansaba tras la caza junto a un lago de superficie cristalina que proyectaba su propia imagen, con la que quedó fascinado. Narciso se acercó al agua y se enamoró de lo que veía, hasta tal punto que dejó de comer y dormir por el sufrimiento de no poder conseguir a su nuevo amor, pues cuando se acercaba, la imagen desaparecía.
Obsesionado consigo mismo, Narciso enloqueció, hasta tal punto que la propia Eco se entristeció al imitar sus lamentos.
El joven murió con el corazón roto e incluso en el reino de los muertos siguió hechizado por su propia imagen, a la que admiraba en las negras aguas de la laguna Estigia. Aún hoy se conserva el término «narcisismo» para definir la excesiva consideración de uno mismo.

La Comedia de la Vida



El alma nace vieja, pero se vuelve joven: esta es la comedia de la vida. 
El cuerpo nace joven y se vuelve viejo: esa es la tragedia de la vida. Oscar Wilde





                            Escena de Du levande - La comedia de la vida.                            Roy Andersson 2007


El trayecto de la vida conlleva el desengaño. Lo bueno escapa siempre, no puedes reternerlo y, además, genera culpabilidad porque, cuando miras a tú alrededor, ves que no puedes compartirlo. Es una sensación extraña. Lo único que perdura es el impulso, la energía de seguir adelante. No tanto con la esperanza de descubrir algo sino con la esperanza de no parar de buscar. 
Gonzalo Suárez 

Mediterráneo








Quizá porque mi niñez
sigue jugando en tu playa,
y escondido tras las cañas
duerme mi primer amor,
llevo tu luz y tu olor
por donde quiera que vaya,
y amontonado en tu arena
guardo amor, juegos y penas.

Yo,
que en la piel tengo el sabor
amargo del llanto eterno,
que han vertido en ti cien pueblos
de Algeciras a Estambul,
para que pintes de azul
sus largas noches de invierno.

A fuerza de desventuras,
tu alma es profunda y oscura.
A tus atardeceres rojos
se acostumbraron mis ojos
como el recodo al camino...

Soy cantor, soy embustero,
me gusta el juego y el vino,
Tengo alma de marinero...

¿Qué le voy a hacer, si yo
nací en el MEDITERRÁNEO?

Nací en el MEDITERRÁNEO...

Y te acercas, y te vas
después de besar mi aldea.
Jugando con la marea
te vas, pensando en volver.
Eres como una mujer
perfumadita de brea
que se añora y que se quiere
que se conoce y se teme.

Ay...
si un día para mi mal
viene a buscarme la parca.
Empujad al mar mi barca
con un levante otoñal
y dejad que el temporal
desguace sus alas blancas.

Y a mí enterradme sin duelo
entre la playa y el cielo...
En la ladera de un monte,
más alto que el horizonte.
Quiero tener buena vista.

Mi cuerpo será camino,
le daré verde a los pinos
y amarillo a la genista...

Cerca del mar. Porque yo
nací en el MEDITERRÁNEO...

Nací en el MEDITERRÁNEO...

Nací en el MEDITERRÁNEO...

Joan Manuel Serrat

Del campo al paisaje







No, ya sé que nadie llama a esto ceguera, porque acierto sin vacilar a coger el vaso de encima de la mesa, porque ni voy tropezando con los muebles ni me doy contra las paredes; pero adondequiera que vuelva la mirada no veo más que esa horrible ficción escenográfica que los videntes alabáis todavía como “paisajes”. Me emborracho, salgo afuera y pido que me ensillen el caballo; salto sobre el arzón, pico espuelas y corro y corro y corro por esos pastizales, por esos encinares, sin reparar en riscos, como loco, a riesgo de matarme. Y así, desde después de comer hasta la noche; y lloro y llamo, y al ritmo del galope del caballo voy repitiendo con ansias de jadeo: “¡el campo, el campo, el campo, el campo…!” Cierro los ojos, vuelvo a abrirlos con la esperanza de que al fin las lágrimas me hayan lavado la mirada, y sólo veo paisaje

Rafael Sánchez Ferlosio - Vendrán más años malos y nos harán más ciegos

Historia verídica





A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan muy caros, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto. Ahora este señor se siente profundamente agradecido, y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables, y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora.
Julio Cortázar  (Bruselas 26 de agosto de 1914 - París12 de febrero de 1984)

Todos harían lo mismo

"Mi lema es "grita siempre con los demás".
Es el único modo de estar seguro." George Orwell


En los momentos más apurados de nuestra vida social y política, nada más tranquilizador que diluirse en el grupo y descar­gar en él nuestra ineludible responsabilidad. Tanto o más que el «ser de los nuestros» puede guiarnos la regla de seguir a la mayo­ría, amoldarnos a lo que está mandado y no llamar la atención. Abrazamos el ideal de la normalidad como norma de vida, se­gún algunas expresiones estereotipadas lo revelan a las claras y en forma gradual.


1. Todos harían lo mismo. He aquí una disculpa frecuente cuando se insinúa o echa en cara nuestra condescendencia o cobardía ante injusticias que hubiéramos podido al menos paliar, ya que no frustrar o remediar. Esto es lo que, según relata Hannah Arendt, se pensaba en Alemania hacia 1950: que "los alemanes sólo hicieron lo que también otros hubieran sido ca­paces de hacer (...) o lo que otros estarán en situación de hacer en un futuro; por eso cualquiera que saque este tema es ipso facto sospechoso de fariseismo". 

   Tal es el peso de la opinión común, esa "tiranía de la mayoría" que elevamos a último tribunal de apelación en nuestro fa­vor. Por ejemplo, en favor de nuestro silencio cómplice: todos hubieran callado en nuestro lugar; lo que pasa es que han teni­do la suerte de no haberse visto en semejante tesitura. Incluso puede pensarse que ha sido un injusto azar que se nos haya so­metido a nosotros, y no a otros, a esta prueba: ¡a ver qué hubie­ran hecho los demás en un trance parecido! Son muchos los que cultivan una idea de su integridad moral no sólo ingenua, sino engreída. Nadie tendría derecho, fuera del momento pre­ciso y al margen de las circunstancias particulares, a echarnos en cara nuestra presunta cobardía. El peor criminal arguye a veces en su defensa que cualquier otra persona en su situación hubiera podido comportarse como él, de modo que todos serían potencialmente igual de canallas y se verían igual de disculpados. Pero en el caso que, aunque millones de hombres hubieran perpetrado crímenes horrendos, no por eso aquel criminal quedaría eximido de culpa. Sodoma y Gomorra fueron destruidas por el fuego precisamente porque todos sus habitantes eran culpables.

2. Si no lo hago yo, lo hará otro. Podría proclamarse asimismo no ya que la diferencia objetiva entre hacer o dejar (de) hacer sería mínima, sino que no habría ninguna en absoluto, pues en cualquier alternativa alguien representará también el papel de agente y otro el de espectador. Dado que el resultado a fin de cuentas sería el mismo, ¿qué importa entonces que yo ocupe cualquiera de esos papeles, siempre que no sea el de víctima? Además de dar la situación por insuperable, a los sujetos activos y pasivos del mal les interesa subrayar su indistinción -y, por tanto, intercambiabilidad- respecto de todos los demás. Oiga­mos cómo replica Günther Anders a esta argucia: "Yo le pregun­to, señor E.: ¿tiene algún derecho a ensuciarse las manos (y lavárselas después) porque, en caso de abstenerse, será otro quien se las ensucie? (...) ¿Justifica la posibilidad o la realidad de que otros se ensucien las manos el que uno se las ensucie? ¿Es uno mejor por el hecho de que los otros no sean mejores?"

Cabría someter este pretexto a la prueba de su generalización. Preguntemos qué pasaría si los demás, como uno mismo, aceptasen hacer u omitir eso que se cuestiona. Antes todavía, ¿por qué no considerar la posibilidad de un comportamiento que fuera socialmente más provechoso, al margen de cómo pu­dieran comportarse los demás? ¿No habría que tener en cuenta también el influjo que mi actitud de entrega o disidencia podría tener en otros? ¿Y cómo dejar de prevenir el efecto en uno mis­mo de una conducta permanente que desapruebo o incluso aborrezco? Una repetida inhibición de la mayoría en la denun­cia de ideas y conductas peligrosas para el bien colectivo, ¿no comenzaría por restarles peligro a tales ideas y conductas hasta acabar admitiéndolas como convenientes para el interés ge­neral?



3. Todos lo hacen. Un paso más y no resguardamos ya nuestra acción u omisión culpable tras lo que los demás harían, sino en lo que al parecer de hecho hacen; o, según el caso, en lo que nadie hace. Entonces se echa de ver algo decisivo: que no hay nada más costoso que desafiar la opinión común o la mentali­dad vigente, lo que puede abarcar desde el lenguaje acuñado hasta los tópicos más vulgares

Cualquiera puede satirizar al ser más encumbrado, pero para llevar la contraria a una muche­dumbre o simplemente a la cuadrilla de amigos se necesita ma­yor coraje. Por eso suena tan ejemplar la divisa que el historia­dor alemán Joachim Fest hizo suya en plena borrachera nazi:
Etiam si omnes, ego non ("Aunque todos lo hagan, yo no") . Tantas evasivas podrían tal vez condensarse en la bien conocida de que nadie es perfecto, que a su vez ofrece diversas varian­tes. Por una de ellas nos hacemos fuertes en la barata réplica del tu quoque, que aún conserva gran acogida en la dialéctica coti­diana: nadie ha de levantar su voz crítica mientras pueda serIe reprochado que él tiene asimismo algo que ocultar, que incurre (o incurrió) en parecido pecado. Por la otra salta el reflejo automático del y tú más, que vendría a ser una modalidad cuantitati­va del anterior.

Tantos tontos tópicos - Aurelio Arteta

El vino es inteligente






El vino es inteligente,

el vino viste de rojo,

el vino cierra los ojos,

el vino habla y no miente.

El vino tiene coraje,

por eso vive encerrado,

y con tu cara de Ángel,

hizo contigo el pecado.



Eres fruto de la fruta, de la Viña nuestra,

viña que no es barrio pero lo parece,

porque la trabajan descalzos los hombres.

Y eres sangre derramada sobre nuestra mesa

dándole calor a los manteles blancos,

donde vive el pan, el pan tu compañero.

Eres la revolución de cada mediodía

y eres de mi mediodía el más arrabalero.



Contigo tuve el mundo, en mi hueso profundo.

Contigo fui valiente,

le dije a la gente, que tú eras mi hermano.

Contigo fui culpable,

divino y miserable,

contigo fui canalla,

hasta que en las murallas nos enamoramos.



Contigo tuve tanto,

para calmarme la sed.

Que sin ti no sé cumplir ni un solo mandamiento,

y tan solo me arrepiento,

del que no he podido beber.





Juan Carlos Aragón


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