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¿Por qué ir a Plutón?



"En una nave estelar va la quimera del hombre derecha a ningún lugar"
       






"...la inversión global en el sector, sumando tanto la inversión pública como las infraestructuras y los servicios derivados, ascendió a más de 220.000 millones de euros en el año 2012"

"Se calcula que cada dólar invertido en el programa espacial Apollo de la NASA generó 20 dólares de beneficio"


Rafael Bachiller es astrónomo, director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN) y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.





En una nave estelar
Va la quimera del hombre
Derecha a ningún lugar

Estoy pensando en buscar
Algún planeta habitable
Porque el aire respirable
Está empezando a faltar
Se funde el hielo polar
La mar sube amenazante
Ni gota de carburante
Queda en el hondo subsuelo
Qué tomadura de pelo
No hay futuro por delante

Andamos narcotizados
La gente no duerme quieta
Como un limón el planeta
Exprimen los potentados
Parecen muy empeñados
En dar a la humanidad
Un grado de libertad
Que no lo alcanza un cohete
Y así pagarse el billete
Hacia la inmortalidad

En una nave estelar
Va la quimera del hombre
Derecha a ningún lugar

Dios de la tecnología
Me estoy quedando perplejo
No quiero llegar a viejo
Con esta duda sombría
Me pregunto si algún día
Los técnicos de la Nasa
Para saber lo que pasa
No inventarán un pasaje
En que se termine el viaje
Antes de salir de casa

No quiero viajar
En una nave estelar
Con los pies sobre la tierra
Quiero estar

No quiero viajar
En una nave estelar
A la sombra de una higuera
Una siesta voy a echar

En una nave estelar
Va la quimera del hombre
Derecha a ningún lugar

La nave estelar - Juan Perro


El colonialismo digital




“Los ‘gadgets’ deberían tener un prospecto que explique su peligro”

“Me opongo a un uso indiscriminado de tabletas y libros electrónicos en las aulas”

“El voto electrónico me parece una idea terrible, que puede dejar la democracia en manos de las mafias”



El colonialismo digital es una ideología que se resume en un principio muy simple, un condicional: "Si puedes, debes". Si es posible hacer que una cosa o una actividad migren al ámbito digital, entonces debe migrar. Los colonos digitales utilizan los medios para introducir las nuevas tecnologías en todos los ámbitos de nuestra vida, de la lectura al juego, de la enseñanza al asesoramiento y a la toma de decisiones, de la comunicación a la planificación, de la construcción de objetos al análisis médico. La tesis colonialista es asumida por los colonos que valoran la simplicidad: está absolutamente generalizada, dado que se aplica indistintamente a cualquier objeto o a cualquier actividad. Quien se opone a la colonización digital se encuentra enseguida enmarcado en la categoría de los ludistas, de los destructores de las máquinas, de todos aquellos que no saben vivir en su época. Para los colonos no debería ni siquiera ser objeto de debate.

De hecho, al negar una tesis condicional, se adopta necesariamente una posición más frágil, más abierta a la negación. Quien se opone al colonialismo no dice, por tanto, que las cosas o las actividades no digitales no deban experimentar jamás una migración digital: invoca el principio de precaución. Dice únicamente que la migración no es una obligación que derivaría de la simple posibilidad de migrar, sino que debe ir acompañada, porque, por sí sola, tiende a volverse demasiado invasora. No basta con mostrar que un libro electrónico funciona para imponer el libro electrónico como soporte universal de la lectura y del estudio en la escuela. El anticolonialista no es un ludista, ni está en contra de lo digital. Decir que se está en contra de lo digital no tiene, en realidad, ningún sentido; sería como decir que se está en contra de la electricidad. Oponerse al colonialismo es otra cosa, porque el colonialismo es una ideología. Oponerse al colonialismo lingüístico no significa ser enemigo de una lengua. Es posible no tener nada en contra de España y rechazar al mismo tiempo el colonialismo español.

De modo que dejemos las cosas claras de entrada. No soy ludista. No soy alérgico a lo digital en general. Utilizo las nuevas tecnologías con mucha frecuencia, e incluso diría que me resultan indispensables para muchas de mis actividades. Diseño itinerarios académicos a partir de las nuevas tecnologías. Así que no es lo digital ni a las nuevas tecnologías a lo que me opongo. Me opongo al colonialismo digital.

Roberto Casati  "Elogio del papel. Contra el colonialismo digital"

Humanidad como dato




"Los problemas sociales no se solucionan aumentando el PIB"


LA SOBERBIA del ser humano actual es sólo comparable con su necedad. Si el progreso no está regido por la cultura (que consiste en una manera de haber sido, de ir siendo y de llegar a ser, nunca concluida), basado en ella y en el acatamiento de las leyes físicas, gran parte de las cuales ignoramos aún; si el progreso no se atiene a la responsabilidad de un ser que, puesto que se considera cabeza de la escala biológica, debe en primer lugar utilizar su propia cabeza al servicio de la vida total, tal progreso se deshumanizará más cada día, y se dirigirá -subvertidos los valores- al perfeccionamiento de la técnica más que al del hombre. Hasta el punto de que el hombre acabará por padecerlo más que beneficiarse de él. Porque cualquier desarrollo requiere, al mismo tiempo, al hombre y a la Naturaleza. Más aún, ninguno podrá realizarse sin que se desarrolle el hombre mismo, y sin que la Naturaleza sea su aquiescente colaboradora. Ir contra ella es ir contra nosotros. Y así no habrá progreso tecnológico -o no será fructífero- si no hay progreso humano, que no ha de ser material en todo caso. Tal es la causa de que la auténtica cultura (cada pueblo no es más que la suya) sea la abanderada de todo auténtico avance. Condición previa que continuará rigiendo cuando no estemos ya. 

Antonio Gala

Amigos facebook y lazos humanos





Un adicto a facebook me hizo una confidencia, de hecho no una confidencia, pero se jactó de que había hecho 500 amigos en un día. Mi respuesta fue, que tengo 86 años pero no tengo 500 amigos. No lo conseguí. 

Entonces, probablemente, cuando el dice amigo y yo digo amigo, no queremos decir lo mismo. Son cosas diferentes. 

Cuando yo era joven nunca tuve el concepto de redes. Tenía el concepto de lazos humanos, de comunidades, ese tipo de cosas, pero no redes 

¿Cuál es la diferencia entre comunidad y red? La comunidad te precede. Naces en una comunidad. Por otro lado tenemos la red. ¿Qué es una red? Al revés de la comunidad la red es hecha y mantenida por dos actividades diferentes. Una es conectar y la otra desconectar. Creo que el atractivo del nuevo tipo de amistad, el tipo de amistad de facebook, como la denomino, está exactamente en eso. Que es tan fácil de desconectar. Es fácil conectar, hacer amigos. Pero el mayor atractivo es la facilidad de desconectarse. 

Imagina que lo que tienes no son amigos online, conexiones online, compartir online, sino conexiones de verdad, cara a cara, cuerpo a cuerpo, mirada a mirada. Entonces romper relaciones es siempre una situación muy traumática, Tienes que encontrar excusas, tienes que explicar, tienes que mentir con frecuencia y, aún así, no te sientes seguro porque tú compañero dice que no tienes derecho, que eres un cerdo, etc. Es difícil. 

En internet es tan fácil, es solo hacer un click en delete (borrar) y ya está, en lugar de 500 amigos tendrás 499, pero eso será temporal, mañana tendrás otros 500 y eso mina los lazos humanos. 

Los lazos humanos son una mezcla de bendición y maldición. Bendición porque es realmente muy agradable, muy satisfactorio, tener otro compañero en quien confiar y hacer algo por él o por ella. Es un tipo de experiencia no disponible para la amistad en facebook, así que es una bendición. Y creo que muchos jóvenes no tienen la mínima conciencia de lo que realmente perdieron porque nunca vivieron ese tipo de situación. 

Por otro lado, hay la maldición, porque cuando entras en el lazo, esperas quedarte allí para siempre. Juras, haces un pacto: hasta que la muerte nos separe, para siempre. ¿Qué significa eso? significa que empeñas tú futuro, quizá mañana, o el mes que viene, o el año que viene haya nuevas oportunidades. Ahora no consigues preverlas y no serás capaz de tomar esas oportunidades, porque estarás preso a tus antiguos compromisos, a tus antiguas obligaciones.  

Entonces es una situación muy ambivalente y, consecuentemente, un fenómeno curioso de esa persona solitaria en una muchedumbre de solitarios. Estamos todos en una soledad y en una muchedumbre a la vez. 

Diálogos con Bauman

Narciso Selfie




Narciso era hijo del dios boecio del río Cefiso y de Liriope, una ninfa acuática. El famoso vidente Tiresias ya había hecho la predicción de que viviría muchos años, siempre y cuando no se viese a sí mismo. A los 16 años Narciso era un joven apuesto, que despertaba la admiración de hombres y mujeres. Su arrogancia era tal que, tal vez a causa de ello, ignoraba los encantos de los demás. Fue entonces cuando la ninfa Eco, que imitaba lo que los demás hacían, se enamoró de él. Con su extraña característica, Eco tendía a permanecer hablando cada vez que Zeus hacía el amor con alguna ninfa. Narciso rechazó a la pobre Eco, tras lo cual la joven languideció.
Su cuerpo se marchitó y sus huesos se convirtieron en piedra. Sólo su voz permaneció intacta. Pero no fue la única a la que rechazó y una de las despechadas quiso que el joven supiese lo que era el sufrimiento ante el amor no correspondido. El deseo se cumplió cuando un día de verano Narciso descansaba tras la caza junto a un lago de superficie cristalina que proyectaba su propia imagen, con la que quedó fascinado. Narciso se acercó al agua y se enamoró de lo que veía, hasta tal punto que dejó de comer y dormir por el sufrimiento de no poder conseguir a su nuevo amor, pues cuando se acercaba, la imagen desaparecía.
Obsesionado consigo mismo, Narciso enloqueció, hasta tal punto que la propia Eco se entristeció al imitar sus lamentos.
El joven murió con el corazón roto e incluso en el reino de los muertos siguió hechizado por su propia imagen, a la que admiraba en las negras aguas de la laguna Estigia. Aún hoy se conserva el término «narcisismo» para definir la excesiva consideración de uno mismo.

Lugares de placer



"La suprema grandeza del hombre (...) no estriba en función alguna, 
sino en ser enteramente persona". María Zambrano


Hace algunos meses, recorté de una revista de papel cuché unos párrafos escritos por una periodista en los que esta describía el centro de placer del futuro. Recientemente había pasado un tiempo en Honolulu, donde los rigores de la guerra no parecían haber sido muy importantes. Sin embargo, "un piloto de transporte... me dijo que, con toda la inventiva desplegada en esta guerra, era una lástima que nadie hubiera descubierto como lograr que un hombre cansado y hambriento de vida se relajara, descansara, jugara al póquer, bebiera e hiciera el amor, todo a la vez y durante todo el día, y saliese satisfecho, como nuevo y listo para volver al trabajo".

(...)

La idea de placer que tiene el hombre civilizado moderno se ha conseguido ya parcialmente en los más espléndidos salones de baile, cine, hoteles, restaurantes y transatlánticos de lujo (...) Si lo analizamos, sus características principales son estas:



a) Uno nunca está solo.




b) Uno nunca hace nada por sí mismo. 



c) Uno nunca tiene a la vista ninguna clase de vegetación silvestre u objetos naturales.












d) La luz y la temperatura están siempre reguladas de modo artificial.









e) Uno nunca está fuera del alcance de la música.










La música -y, a ser posible, debería ser la misma para todo el mundo- es el ingrediente más importante. Su función es la de impedir la reflexión y las conversaciones y suprimir cualquier sonido natural, como el canto de los pájaros o el sonido del viento, que de otro modo se inmiscuirían. Infinidad de gente usa ya de forma consciente la radio para este propósito. ... Conozco a gente que deja la radio sonando durante toda la comida y que, al mismo tiempo, sigue hablando justo lo bastante alto como para que las voces y la música se anulen mutuamente. Esto se hace con un claro propósito. La música impide que la conversación se torne seria o incluso coherente, mientras que el parloteo de las voces imposibilita que uno escuche la música con atención y evita así la aparición de esa cosa tan temida: el pensamiento. Y es que:

Las luces no deben apagarse nunca,
La música siempre debe sonar,
...
No sea que veamos dónde estamos,
Perdidos en un bosque encantado,
Niños asustados de la noche,
Que nunca han sido buenos ni felices.

The lights must never go out. W.H. Auden



Es difícil no tener la sensación de que el objetivo inconsciente de la mayoría de los complejos de placer típicos de hoy en día es un retorno al útero, ya que allí la temperatura también estaba siempre regulada, y uno nunca estaba solo, ni veía la luz del sol, ni tenía que preocuparse por trabajar, o por comer, y sus pensamientos, si había alguno, quedaban ahogados por el latido rítmico y continuo.

(...) el hombre no ha hecho intento alguno de explorarse a sí mismo. Gran parte de lo que pasa por ocio no es más que un esfuerzo para destruir la conciencia. Si uno empezara por preguntarse "¿qué es el hombre?", "¿cuáles son sus necesidades?", "¿cual es la mejor manera que posee de expresarse?", descubriría que tener simplemente el poder de evitar el trabajo y de vivir toda la vida desde que uno nace hasta que muere, bajo luces eléctricas y al son de la música enlatada no es una razón para ello. El hombre necesita calidez, socialización, ocio, comodidad y seguridad, y también necesita soledad, un trabajo creativo y la capacidad de maravillarse. Si reconociese esto, podría usar los frutos de la ciencia y del industrialismo de un modo ecléctico, aplicando siempre el mismo criterio: "¿esto me hace sentir más humano o menos humano?". Entonces descubriría que la felicidad máxima no consiste en relajarse, descansar, jugar al póquer, beber y hacer el amor todo a la vez. Y ese horror instintivo que toda persona sensata siente ante la progresiva mecanización de la vida sería considerado no un mero arcaísmo sentimental, sino algo plenamente justificado. Porque el hombre solamente sigue siendo humano si preserva amplias parcelas de sencillez en su vida, mientras que las tendencias de muchas invenciones modernas- en particular el cine, la radio y el avión- es la de debilitar su conciencia, embotar su curiosidad y, en general, hacerlo más parecido a un animal.

Tribune, 11 de enero de 1946 - George Orwell




Poner el sol a referéndum







Podemos decir que hay dos tipos de acontecimientos, los que se repiten y los que no se repiten, y que cada uno de estos dos tipos se divide a su vez en otros dos: los que tenemos que esperar y los que podemos provocar. 

Pondré algunos ejemplos para que se me entienda. Un acontecimiento que se repite, pero que tenemos que esperar, es la primavera (raramente se espera el invierno) y, en general, todos los fenómenos naturales: desde el paso de un cometa, con sus largos plazos cósmicos, hasta el crepúsculo y el amanecer, que se repiten todos los días sin que podamos hacer nada, sin embargo, para anticipar o retrasar su hora. Cuando la cultura imita a la naturaleza o marca con solemnidad sus ritmos y estaciones, tenemos esos otros acontecimientos repetidos e involuntarios a los que damos el nombre de fiestas: la Navidad o el Carnaval o el 1º de Mayo, que forman parte del calendario a igual título que los solsticios y los equinoccios. 

Tenemos luego los acontecimientos que ocurren una sola vez. Aquellos que no podemos provocar y que ni siquiera podemos esperar son los que dependen del azar y que, cuando son favorables, llamamos “milagros”: el milagro, por ejemplo, de la reciprocidad amorosa o el de un premio de lotería o incluso el de una gran victoria deportiva. O el de esa cara que no volveremos a ver -o ese bosque rojo iluminado por la primera luz del día y que se deshace a nuestras espaldas como un pedacito de hielo- y que nos salva de un mal pensamiento o de una decisión irreparable. Por otra parte, los que no se repiten y son, sin embargo, obra nuestra son como imitaciones voluntarias del “milagro”, tentativas individuales de adueñarse del azar inscribiéndolo también en el calendario: una boda, por ejemplo, o un viaje o una hazaña deportiva (o esos records absurdos que recoge el Libro Guinness, patética y casi enternecedora ilusión de irrepetibilidad voluntaria). La máxima expresión de “milagro negativo” es la muerte, que nos está ya esperando y que nadie espera, acontecimiento que ocurre una sola vez y que, cuando es voluntario, parece querer suprimir, junto a la vida, su propio acontecimiento. El suicidio es irrepetible y trabajoso: el trabajo de destruir al mismo tiempo el objeto y al trabajador. 

Y están finalmente los acontecimientos repetidos y que no hace falta esperar: los que son repetibles a voluntad. ¿Cuáles son? Los que contradicen o vencen la naturaleza: los técnicos o tecnológicos. Las máquinas sirven, sobre todo, sí, para abolir la espera, lo que sin duda es bueno cuando se trata, por ejemplo, de construir una casa o de fabricar mantas y vacunas, pero no tanto si hay que gestar un niño o escribir un poema. La imagen más pura y precisa de esta “repetición voluntaria” es, en efecto, la fábrica, en la que un juego de palancas y pulsadores, manejados por la voluntad, producen una y otra vez, de manera potencialmente ilimitada, el mismo objeto. Pero la tecnología, en condiciones de mercado capitalista, ha ido mucho más allá y ha reducido e incluso suprimido los acontecimientos naturales y el compás mismo de las estaciones. Ya no tenemos que esperar la temporada de la alcachofa o del tomate porque en cualquier momento -con aviones o mediante invernaderos- podemos llevarlos hasta nuestra mesa. Ya no tenemos que esperar el amanecer, porque hay millones de fotos y vídeos que nos lo repiten en ese horizonte estrecho -demasiado cercano- que llamamos “pantalla”. Ni siquiera tenemos que esperar el momento siempre azaroso, emocionante y hasta peligroso, en el que una vecina o un vecino se desnudan en la ventana de enfrente: esa ventana está en todo momento al alcance de un clic del ordenador. 

Digamos que no hay más que un verdadero acontecimiento y lo llamamos “belleza”. O digamos, aún mejor, que sólo hay verdadero acontecimiento en la belleza y que bello es precisamente lo inesperado o lo que se hace esperar -porque hay siempre algo inesperado en que vuelve a ocurrir lo mismo tras una larga espera: la fruta y el beso. Bella es la independencia del mundo. Por eso, la tecnología, tan necesaria para repetir las condiciones mismas de la vida material, no puede introducir voluntad mecanizada, al menos en el marco del consumo capitalista, sin atentar también contra la independencia del mundo, reduciendo con ello cada vez más el campo de los acontecimientos o convirtiendo -más radicalmente- los acontecimientos en no-acontecimientos. La alcachofa, por ejemplo, ya no es un acontecimiento. El tomate no es un acontecimiento. Tampoco el crepúsculo. Tampoco el cuerpo. El acceso tecnológico al mundo, que queda ahora fuera de la experiencia, como un puro residuo previo, destruye recursos para la supervivencia y destruye la propia naturaleza, pero además destruye la independencia misma del mundo, los fértiles tiempos de espera en los que germinan los acontecimientos. 

Esta doble agresión, natural y cultural, se resume muy bien en una noticia reciente, parcialmente falsa, según la cual “el gobierno chino retransmite el amanecer en pantallas gigantes a causa de la contaminación de Beijing”. La noticia es falsa porque no es una iniciativa del gobierno chino. Pero es sólo parcialmente falsa porque lo cierto es que la contaminación asfixiante de Beijing no permite ya ver la salida del sol; y porque una organización ambiental ha instalado una pantalla gigante para retransmitir el acontecimiento, residuo de un mundo anterior en el que el amanecer se repetía, al margen de la voluntad, a la vista de todos los seres humanos. La contaminación, resultado de la agresión productiva y tecnológica contra las condiciones materiales de la vida, obliga además a convertir el acontecimiento del amanecer en un no-acontecimiento tecnológico. Se retransmite. Se repite a voluntad. Y la pantalla es ahora el horizonte en el que los chinos ven la salida del sol. Podría salir diez veces. Podría salir de noche. Aún más, podría desaparecer el sol -si no fuese condición de supervivencia- y los chinos seguirían viéndolo salir en Beijing tantas veces como decidiese el gobierno o una empresa de publicidad. La solución tecnológica a la contaminación tecnológica ha suprimido el acontecimiento del amanecer, que ahora es sólo otro producto de fábrica o, si se prefiere, una mercancía más.

Es un indicio, un modelo. El mercado debilita la independencia del mundo y además desprestigia su belleza. ¿A quién le importa el amanecer? Si el sol fuera prescindible, si hubiera un dios creador y si pusiera a referendum su existencia (la del sol), mucho me temo que muchos consumidores elegirían la pantalla gigante. ¿Cómo decirlo? Entre el sol y el amanecer, elegirían sin duda el amanecer. Con mando a distancia y “me gusta” en facebook.

La Calle de Enmedio - Santiago Alba Rico


Sísifo el héroe absurdo






Por su desobediencia, los dioses condenaron a Sísifo a empujar sin tregua una roca hasta la cima de la montaña, desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. "Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza. Sísifo es el héroe absurdo" señala Albert Camus a propósito de este mito. "Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron ese suplicio indecible en el que todo el ser dedica a no acabar nada [...]. El obrero actual trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo".


Como absurda es la tarea en las oficinas. El cuarenta por ciento de la fuerza laboral son trabajadores de cuello blanco. En su mayoría, desempeñan algunos de los empleos más tediosos jamás concebidos: mover papeles inútiles de un lado a otro.


Los modernos dioses del capitalismo han perfeccionado el absurdo al crear la necesidad de que cada persona se dedique a empujar rocas sin sentido. El nuevo mito de nuestros días se llama Pleno Empleo, una contradicción en sus términos: desde las primitivas hachas de silex a la utilización del silicio en los chips electrónicos, los avances tecnológicos significan ahorros de esfuerzo humano. Pero como señalo el economista polaco Michal Kalecki, "los fundamentos de la ética capitalista exigen que usted gane su pan con el sudor de su frente... a menos que usted posea medios privados".


Así, las nuevas tecnologías no han sido utilizadas para distribuir mejor el tiempo de trabajo (¿noo?) , sino para favorecer una gigantesca concentración de capital privado (pero que golums que son). El neoliberalismo ha creado el imaginario de una sociedad supeditada funcionalmente a las necesidades del mercado. Esa irracionalidad exige que todo el mundo acepte que el progreso económico exige mercados de trabajo "desrregulados", aceptando asimismo que existirán grupos sociales vencedores (winners payo) y grupos sociales perdedores (loosers, de algo me tienen que servir mi inglish vaugan class). Se utiliza el despido como medio disciplinario, más no se debería olvidar que, en buena lógica, los perdedores en el campo laboral podrían revolverse y utilizar la fuerza (como se les ocurra mandamos a la Benemérita) para recuperar posiciones por otras vías. Al fin y al cabo, "la guerra es la continuación de la política por otros medios". Karl von Clausewitz, dixit.


69 Razones para no trabajar demasiado - Ciudadano Pérez


La Modernidad

El mundo moderno será una síntesis entre el mundo de la burguesía occidental de hoy y el mundo de las poblaciones subdesarrolladas que se unen ahora a la historia. La racionalidad occidental será modificada por la presencia de otro tipo de visión del mundo que estos pueblos expresan. 

La modernidad consiste en esta modificación. Es verdad que el hombre es siempre el mismo, pero también es verdad que cambia. Tanto más porque en este momento nos está amenazando una verdadera mutación antropológica. El verdadero apocalipsis es que la tecnología, la era de la ciencia aplicada, hará del hombre algo distinto de lo que era antes. Ha sucedido algo que no tiene equivalentes en la historia del hombre. 

Pier Paolo Pasolini




Naturalmente las máquinas


Es de todos conocido el llamado “experimento de Milgram”, una investigación sobre la obediencia desarrollada por el psicólogo estadounidense del mismo nombre en los años sesenta del siglo pasado. Voluntarios que creían estar participando en un experimento oficial sobre la memoria, y que recibían una pequeña remuneración por ello, accedían a aplicar descargas eléctricas a un “aprendiz” cada vez que éste no podía responder a una pregunta. Aunque los voluntarios no lo sabían, el “aprendiz” era un actor y los electrodos a los que estaba conectado su cuerpo eran falsos. 

Los resultados fueron espeluznantes: conminados por uno de los “investigadores” cada vez que dudaban (“el experimento requiere que usted continúe”), el 65% de los voluntarios llegó a aplicar el nivel máximo de potencia, 450 voltios, a pesar de las súplicas y gritos del “aprendiz”; y ninguno de ellos se detuvo antes de alcanzar los 300 voltios. Milgram trataba de explicarse la conducta de los funcionarios nazis, como el famoso Adolf Eichmann, y descubrió la normalidad, casi universalidad, de la obediencia a la autoridad, en cuyos mimbres se disuelve, como un azucarillo, la conciencia individual y los escrúpulos morales.

Milgram centraba mucho la atención en el carácter “oficial” del experimento: el número de “desobedientes” aumentaba si se convocaba a los voluntarios en nombre de una empresa privada y no en nombre del Estado. Pero dio menos importancia al hecho -para mí fundamental- de que el voluntario infligiese dolor al aprendiz a través de una máquina, la cual introducía dos elementos “psicológicos” decisivos. El primero tiene que ver con la distancia, en el sentido de que la máquina evitaba el contacto físico directo con la víctima y dificultaba la “representación” de su sufrimiento. El segundo, más decisivo aún, se relaciona con la “racionalidad e impersonalidad” de la máquina, depositaria en sí misma de una “finalidad” superior. La verdadera autoridad a la que se somete el voluntario no es la del investigador humano ni la de la abstracta instancia oficial que lo ha convocado sino la del aparato del que su cuerpo y su conciencia se han vuelto meras prolongaciones. Como es sabido, la introducción -por ejemplo- de picanas eléctricas en las sesiones de tortura de las dictaduras latinoamericanas (en los mismos años en los que Milgram realizaba su experimento) buscaba menos aumentar el dolor del prisionero que convertir la tortura en una rutina profesional, parecida a la de la medicina, asumible por cualquier “sensibilidad común” como parte objetiva del oficio.

Esta objetividad, racionalidad e impersonalidad de la máquina tiene efectos pavorosos. Podemos decir que el desarrollo tecnológico ha producido algo así como una superación universal del Estado de Derecho. La tecnología ha naturalizado en la conciencia de los seres humanos la violación del derecho como un efecto rutinario del uso de máquinas. Pensemos, por ejemplo, en los drones. Las organizaciones de derechos humanos han denunciado siempre como intolerables las ejecuciones extrajudiciales, y ninguna persona decente deja de estremecerse ante la idea de un ciudadano -delincuente o no- asesinado en un callejón por un policía. Cuando eso ocurre como consecuencia de un bombardeo en el que decenas de civiles mueren sin haber cometido ningún delito o, en cualquier caso, sin derecho a un juicio justo, nos escandaliza también, aunque bastante menos. Pero si es un avión sin piloto el que, además de violar la soberanía de otro país, mata a un “blanco escogido”a 10.000 km. de distancia, entonces nadie protesta. Todos aceptamos con naturalidad que se asesine a un ciudadano de otro país en un callejón de Aden o de Islamabad si se hace desde lejos y a través de una máquina “vacía de hombre”.

Algo parecido ocurre en las aduanas y en los aeropuertos. Todos los turistas del mundo -a los emigrantes no les queda más remedio- aceptamos sin protestas ni resistencias que se conculque de hecho el principio de “presunción de inocencia” y que se nos trate, por tanto, como a sospechosos de terrorismo, porque esa suspensión del derecho se realiza a través de un proceso mecanizado en el que somos manejados por máquinas más que por manos. Un registro manual nos soliviantaría y nos humillaría; si se utiliza un escáner electrónico no sólo no nos resistimos sino que nos sentimos tranquilos, apaciguados, casi como si nos estuviesen “curando”.

Lo mismo sucede en el caso Snowden. Dejemos a un lado el escándalo político, la complicidad de la Unión Europea, el ignominioso “acto de guerra” contra Bolivia y su presidente. ¿Por qué los ciudadanos del mundo hemos aceptado con tanta docilidad el espionaje potencial de nuestros correos privados por parte de los EEUU? Soportamos difícilmente la curiosidad de un vecino entrometido y fisgón; y nos repugna instintivamente la figura del soplón o del confidente que, como ocurría en la dictadura de Ben Ali en Túnez, pasaba información a la policía sobre las conversaciones privadas en los cafés. Por lo demás, uno de los rasgos que más escandalizaba a los occidentales de los regímenes de la órbita soviética (pensemos en la famosa película “La Vida de los Otros”) era su tentativa rudimentaria e impotente de “espionaje total”. Pues bien, esa pesadilla antiliberal del “espionaje total” se ha hecho realidad en el país más “liberal” del planeta, desmintiendo así que realmente lo sea, y no hemos dicho nada. ¿Por qué? Una explicación es que nos hemos tragado la propaganda “antiterrorista” del gobierno estadounidense, dispuestos a sacrificar derechos y libertades a la promesa de una mayor seguridad. Otra -mucho más natural- es que este “espionaje total” se realiza a través del más sofisticado, desarrollado y universal sistema tecnológico de comunicación global, en el que están atrapados también nuestros placeres, nuestros amores y nuestros trabajos.


Cuanto más artificial es un procedimiento más naturales nos parecen sus consecuencias. Más allá de las ideologías y de las estrategias políticas, más allá de los gobiernos que las usan, son las máquinas mismas las que impiden distinguir -a nivel de la conciencia humana- una cámara de tortura de un quirófano de una aduana de un bombardeo de un e-mail de un parque de atracciones de una cocina moderna. Capitalismo y democracia social son incompatibles, pero el capitalismo ha impuesto ya un horizonte mental de maquinismo consumista tan “atmosférico” que no sabemos si podremos algún día retroceder de nuevo -sin pedir ya mucho más- hasta la más sencilla y elemental -y cruel- humanidad.

Santiago Alba Rico
La calle del medio

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