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La independencia de Cataluña







CATALUÑA marcha hacia el separatismo. ¿Llegará? La cuestión no es que los catalanistas sean bastante razonables, sino que sean bastante fuertes. La razón, cuando está sola, es una pordiosera que aguarda con la mano extendida. Ya se ha dicho que acertar demasiado pronto es equivocarse. El mundo se ríe de los argumentos. Ante la indignación de los "españoles" que no comprenden por qué se obstina en reclamar nuevos privilegios una provincia escandalosamente favorecida ya por el arancel, cabe replicar: "Los catalanes eran fuertes, puesto que obtuvieron esas ventajas; ahora, gracias a ellas, son doblemente fuertes, y exigirán ventajas dobles". Es la ley elemental de la vida. Ni la vida ni la muerte se hartan jamás, y hasta se devoran las dos entre sí. Por el momento hay una fusión catalanista de hombres de todas las tendencias: el "solidarismo". 

En un mitin solidario se vio al ateo Salmerón abrazarse con un sacerdote. Cómo los solidarios han conquistado a Maura y al rey, es un misterio. Qué negocios habrá debajo de semejante alianza, se ignora. Según la definición clásica, la política es "lo que no puede decirse". Si pasa en las cámaras el proyecto del gobierno sobre administración local, o de las célebres "mancomunidades", el separatismo ganará una buena baza y el Estado tenderá a destruirse por altos secretos de Estado. Las mancomunidades anularán el sufragio, y constituirán un maravilloso instrumento de opresión católica. Quizá sea esto lo que ha sucedido a la dinastía. Cuando un monarca se hace devoto, la nación es la que lleva el cilicio.

El ideal, o si se quiere el capricho de los catalanes, no está reñido con la disolución moderna del concepto de patria.
Hemos quitado a la patria lo religioso; lo legendario con el análisis histórico; la estamos quitando con la uniformidad de las leyes lo político, y con la uniformidad de las costumbres lo pintoresco; la tierra ata cada vez menos, a medida que los productos circulan y se trasmite la energía; la fraternidad del dolor borra las fronteras entre los proletarios; las artes de la codicia, volviendo internacionales a los trusts, hacen más y más difícil la guerra, que es un mal negocio; la flor de la patria, que debe regarse con sangre, se marchita y desfallece. 

"La patria es donde a uno lo tratan bien", ha dicho Aristófanes, y después Séneca; y más tarde, si no lo dijeron, lo pensaron y lo piensan muchos. Pero en otro tiempo, por poco bien que le trataran a uno, peor era intentar trasladarse. Hoy nos movemos fácilmente, y cambiamos de patria. El árbol, sostenido y nutrido y sujeto por sus raíces, es un organismo patriótico. El ave, si posee alas anchas y robustas, tiene opiniones cosmopolitas. El calor de la civilización nos torna ágiles y sueltos; nos clarifica. La sociedad no es tan viscosa; el plasma humano es capaz de dividirse en pequeñas gotas. Por eso no es paradójico que debilitándose el concepto de patria, matiz que irá relegándose a la sensibilidad estética, aumente el número de patrias. Nacionalidades recientes han brotado en Centro América, en Escandinavia, en los Balcanes, y sin esfuerzo, porque el asunto va perdiendo su importancia. 

Y así bajaremos de fracción en fracción hasta el individuo, que en realidad es la única nación perfecta. Los catalanes acompañan las causas profundas de su destino con "epifenómenos" insignificantes. Argumentan ellos también, como si el vencedor necesitara argumentar. Se ha impreso un "compendio de la doctrina catalanista" que es de leer. El autor, enemigo de los "españoles", fue condecorado con la gran Cruz de Isabel la Católica. En el compendio se exige el separatismo porque el idioma catalán es conciso, mientras que el castellano es ampuloso; porque los catalanes tienen un pasado limpio, mientras que los "españoles" lo tienen sucio; porque lo catalán es siempre de mejor marca, de género más resistente; por ejemplo, los santos. No hay nada tan recomendable como San Paciano, San Pedro de Claver, santos catalanes. "¿Cuál es la patria de los catalanes?" El compendio responde con sencillez: "Cataluña", y esa evidencia etimológica impresiona a cualquiera. En el parlamento se declamaron algunas vulgaridades. Moret dijo que en la historia de España había muchos heroísmos. Un diputado solidario contestó: "y muchas cobardías", con lo cual se produjo un tumulto espantoso, de que se dio en seguida cuenta por telégrafo al orbe civilizado. La patria es heroica, definitivamente, y es locura discutirlo; el diputado solidario estaba convencido de ello, pero se refería a otra patria. .. No pelean de distinto modo los pilludos de Madrid. "¡Tu madre!", "¡la tuya!"...


Rafael Barret (1876-1910)  Moralidades actuales

El Bohemio






Era muy bueno. Tenía nobles aficiones. Hubiera aceptado la gloria. Cada detalle de su existencia era precioso a la humanidad. Nadie lo sospechaba sino él. ¿Qué importaba? Le bastaba saberse un profeta desconocido, cuya misión maravillosa puede fulminar de un momento a otro. El espectáculo de su propia vida no le bastaba nunca. La lucha cuerpo a cuerpo con el hambre y el frío no le parecía menos épica que la lucha contra la envidia olfateada bajo la amistad. Paseaba con orgullo su sombrero grasiento y sus miradas furiosas.

Como ya no hay bohemios, era el bohemio por excelencia. Los demás, los burgueses, le despreciaban a causa de haber quebrado en el negocio. No entendía la explotación del libro y del artículo, ni se ocupaba del reclamo. Lanzado a un siglo donde todo es comercio se obstinaba en no comerciar. Por eso su talento olía a miseria, y la tinta con que firmaba sus vagas elegías le servía también para pintar las grietas blancuzcas de sus zapatos.

Pero, ¿tenía talento? Sus continuos fracasos le daban a pensar que sí. Llevaba la aureola dentro de la cabeza.
Caía una llovizna helada y pegadiza que le hizo estremecer cuando salía de su bar. El piadoso alcohol, el verde Mefistófeles que dormitaba en el fondo de las copas de ajenjo, no había abrillantado del todo aquella tarde las ágiles visiones del poeta. Sobre ellas, como sobre la calle mojada, el cielo incoloro y el universo inútil, caía una sombra gris. El héroe se sintió viejo. El barro de sus pantalones deshilachados se había secado y endurecido bajo la mesa del cafetucho, y pesaba lúgubremente. El orgulloso dudó de sí mismo. Divisó reflejada en una vitrina la silueta lamentable de su cuerpo agobiado. Un abandono glacial entró en la médula de sus huesos. Candoroso y desconsolado, lloró sencillamente.

De repente el corazón se le fue del pecho... ¿Qué...? Era a, él... Imposible... Miró detrás de sí... No había duda, era a él mismo.
Una mano desnuda, demasiado suave para los macizos anillos suntuosos que la cargaban, le hacía señas desde la portezuela de un carruaje de gran lujo, detenido a duras penas un instante. El bohemio vaciló. La mano se agitaba, ordenando, suplicando, que se acercara, que acudiera. Y él se acercó temblando. Respiró. Ninguna infame limosna manchaba los dedos de nácar. La portezuela se abrió. Unos brazos impacientes se anudaron a él, y sobre su boca amarga y poco limpia vino una boca de raso, tibia y deliciosa como el amor... Los caballos arrancaron al trote, y las luces de la ciudad, que empezaban a encenderse, cruzaban como ligeros proyectiles el vidrio biselado y húmedo. Al reflejo débil vio el poeta pegado a su rostro el rostro bellísimo de una mujer en cuyos ojos se había refugiado todo el azul del paraíso, y cuya piel era de una dulzura igual a la dulzura de las blondas y las sedas de su traje fantástico.

Sentados a la mesa opulenta, después de un banquete íntimo, la voz de oro sonoro de la princesa -era naturalmente una princesa rusa- explicaba al bohemio qué raro y pronto capricho la había obligado a volcar el tesoro entero de las felicidades humanas sobre la testa melenuda aparecida a la puerta de un bar. Él, desabrochado y estúpido, la oía en silencio. Y ella, ante la camisa cansada que asomaba por la abertura del chaleco y las uñas sombrías del vate, reflexionaba con alguna tristeza en el final de la aventura...

Pero el hombre se levantó, recogió titubeando su sombrero grasiento, y fijando en los labios luminosos y puros de la princesa sus ojos de niño, exclamó:
– Señora, alta señora, he cenado porque tenía hambre. Yo no soy mi estómago. No quiero satisfacer el hambre eterna de mis sentidos y de mi alma. No tomaré tu carne hecha con pétalos y besada por las estrellas. A tu hazaña la mía. ¡Me donaste una divina ilusión, y no me la arrebatarás nunca!
Y se marchó, ostentando en su frente, por única vez quizá, el rayo melancólico del genio.

Rafael Barret

La Patria y la Escuela






El empeño de que los chiquillos adquieran sentimientos patrióticos en la escuela es tan bien intencionado como inútil.

Un profesor, por muchos himnos que haga entonar a sus alumnos, no les inculcará el amor a la patria; no existen procedimientos pedagógicos para eso, como no los hay para inculcar el amor a la familia. Las síntesis sentimentales no surgen en nosotros a fuerza de razonar, sino a fuerza de vivir. El amor a la familia nace del ambiente del hogar; el amor a la patria nace del ambiente colectivo; y el más sublime de los amores, el amor a la humanidad, nace del ambiente elevado que flota por encima de los siglos y de las fronteras.

Examine cada uno su remota niñez, busque lo que era para él entonces la idea de patria, y encontrará algo grotesco, cuando no el vacío. Es lo que ocurre con las ideas religiosas. Si poco a poco es retirado de la enseñanza lo que se refiere a los cultos, acabaremos por eliminar también de ella el culto patriótico. En la escuela no se debe adorar sino comprender. Pero la verdad no tiene patria. No hay una manera patriótica de hacer multiplicaciones, de preparar el oxígeno ni de construir un muro, y si hay una geografía y una historia patriótica, es porque son falsas.

El niño no puede retener del patriotismo lo bueno, es decir, lo piadoso y justo, lo altruista de la fórmula. Retiene lo malo, lo pintoresco, la hostilidad estúpida a cuanto está del otro lado de un río o de un poste; la ferocidad militar, los héroes despreciables que ensangrentaron el mundo; no retiene del patriotismo su entraña de amor, sino su entraña de odio.

Y a más la mentira, la convicción de que su país es el más perfecto de todos. Protestamos contra esos manuales de historia, cándidas mitologías a base de milagro patriótico. Que el hombre sepa cuándo le falta razón a su patria, para defender las patrias que la tienen, y evitar agresiones internacionales que son la vergüenza de nuestro tiempo. Que sepa que no es el fanatismo quien engrandece las patrias modernas, sino el trabajo, y que no hablan a cada momento de la patria los que la engendran, sino los que la explotan.

Marchamos rápidamente a nuevas instituciones sociales, de carácter cosmopolita. Observamos ya que los problemas humanos más hondos han cambiado de índole. En vez de interesar a las nacionalidades o a las razas, interesan al conjunto de nuestra especie. Recordad cuántos prejuicios, cuántas sandeces, cuántos errores, inoculados por medio de la escuela, tuvimos que destruir en nosotros, para volvernos aptos a la lucha contemporánea. Seamos siempre menos dogmáticos con nuestros hijos; dejemos abierto su espíritu a las posibilidades que no somos capaces de comprender; no atemos las almas que vienen a la tierra; ¡desatémoslas! No nos interpongamos entre ellas y el divino futuro.

Rafael Barret 

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