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La utilidad de lo inútil





El oxímoron evocado por el título La utilidad de lo inútil merece una aclaración. La paradójica utilidad a la que me refiero no es la misma en cuyo nombre se consideran inútiles los saberes humanísticos y, más en general, todos los saberes que no producen beneficios. En una acepción muy distinta y mucho más amplia, he querido poner en el centro de mis reflexiones la idea de utilidad de aquellos saberes cuyo valor esencial es del todo ajeno a cualquier finalidad utilitarista.  
Si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. Y en ese momento, cuando la desertificación del espíritu nos haya ya agostado, será en verdad difícil imaginar que el ignorante homo sapiens pueda desempeñar todavía un papel en la tarea de hacer más humana la humanidad.

Nuccio Ordine 






Ha prosperado en nuestro tiempo la más singular de las suposiciones de que cuando las cosas van mal, necesitamos un hombre práctico. Sería más acertado decir que cuando las cosas van muy mal, necesitamos un hombre no práctico. Ciertamente, al menos, necesitamos un teórico, Un hombre práctico significa un hombre acostumbrado a la simple práctica diaria, a la manera en que las cosas funcionan normalmente. Cuando las cosas no funcionan, has de tener un pensador, el hombre que tenga cierta doctrina sobre porqué no funciona bien.




La eficiencia, naturalmente, es inútil por la misma razón por la que los hombres fuertes, la fuerza de voluntad y el superhombre son inútiles. Es decir, es inútil porque sólo se enfrentan a las acciones después de que estas hayan sido llevadas a cabo. No dispone de una filosofía para los incidentes antes de que ocurran, por lo tanto no tiene capacidad de elección.
Si pedimos algo abstracto, podemos conseguir algo concreto.

Chesterton

¡No se declare a Hacienda! Hay otros amores








No se Le declare usted; niéguese a hacerLe su Declaración; o postérguela indefinidamente: para morir, siempre hay tiempo.¿Por qué va a tener usted que declararse? ¿Será por eso que Ellos le pregonan de que "Hacienda somos todos?" Pues entienda V. lo que quieren decir con eso; que quieren decir dos cosas, o la misma del derechas y, del revés.
Por un lado, quieren que Hacienda, esto es, el Estado, sea lo mismo que todos los ciudadanos sometidos al Estado: ésa es su ilusión, su aspiración eterna, sólo que más descarada en el Ideal Democrático Desarrollado: que el Dominio se confunda!. con los dominados, que la Mayoría, sumisa y bien contada, sea, todos, y que el pueblo que moría bajo el Estado sea lo mismo que el Estado.
(Claro que, si es V. una Empresa, un Consorcio Bancario, una Agencia de Promoción, un Ente Televisivo, cualquier cosa, de ésas que no son siquiera cosas, entonces, pase V. la hoja, vaya a buscar las de Finanzas, Opas y Fusiones, que es donde: tiene V. su sitio, ya que Capital, Privado y Hacienda del Estado son lo mismo, y este contra anuncio no reza para usted. Pero, si es V. un tipo corriente, que va con, sus ajetreos y hasta trapicheos sacando algo de acá y de allá y, tratando de que le saquen algo menos, en fin, que cuenta V. el dinero por cifras de no más de 7 ceros, entonces sí, entonces siga, V. leyendo: para V. vale que no,, que el Estado no es todos ni la, Hacienda lo mismo que los sebos de sus víctimas).
Por otro lado, lo que le quieren decir con eso es, del revés, que todos somos Hacienda, o sea que todos somos dinero y cada uno es todo él dinero, y que con lo que cada uno somos, según lo que tenemos a nuestro nombre, contribuimos entre todos, por suma, a hacer el Gran Dinero de la Hacienda del Estado, que a su vez, por división, se distribuye en el dinerillo de la cuenta de cada uno, y así a cada uno le da su ser.
Viejo contribuyente
O sea que, aunque V. pretenda todavía pasearse por la calle de Alcalá (por los pasillos que le dejen en la acera las latas de los autos) con una flor en el ojal y haciendo como que no ve los trescientos Bancos que le hacen gui¡íos al pasar, pues no: puro disimulo: la verdad es que donde está V. es en la cuenta de su Banco, y es V. ni más ni menos que el saldo que su cuenta arroje y, si no hay algún barullo informático, le proclame el Ordenador.
Así es como se pretende que, a fin de que Hacienda seamos todos, todos seamos Hacienda. Y por cierto que ese ideal (las almas, todas dinero; cada alma, su dinero) casi están apunto de rea-, lizarlo: cuando oye V. mencionar la Persona o la Personalidad o el Hombre, ¿no se palpa V. el bolsillo interior derecho, a ver si lleva el talonario?
Pero, por si todavía el ideal no está cumplido, diga V. que no: no se declare usted a Hacienda.
Motivos para no declararse, puede V. alegar muchos: podría ponerse en plan de viejo contribuyente, hacer como si se creyera que su dinerillo de V. es el que hace, por suma, el dinero del Estado, y entonces echar las cuentas de en qué se gasta el Estado su dinero: lo que se va en más autovías y más aparcaderos y más policía motorizada y más burocracia gasolinera, en fin, en mantener el imperio del Automóvil contra la evidencia de su inutilidad y seguirle a V. arrasando las ciudades y los campos; lo que se dedica a pagar las fiestas de las votaciones periódicas, estatales, autonómicas, municipales y la rastra; lo que se invierte en Cultura, es decir, en las grandes celebraciones culturales, centenarios, festivales, traslados de tesoros artísticos, subvención a todo Arte y Literatura con la condición de que a la gente no le sirvapara nada; lo que se gasta en la promoción de la imagen de España en Europa y en el Universo; y el enorme gasto de personal, locales, renovación de ficheros y ordenadores, para la organización de todos los gastos antes citados y más que no citamos para no quedarnos sin resuello.
Pero esa manera de echar cuentas con el Estado es todavía una ilusión: implicaría que creía V. en el sentido de Sus cuentas: que se creía V. que, en pleno Desarrollo, regían aún criterios de utilidad y de interés económico al viejo estilo, que de verdad su dinero contribuía al dinero del Estado y que el Estado en pago le repartía a V. esos dispendios de Sus arcas. Gastar por gastar
Lo cual no es así: pues en el Desarrollo, el dinero del Estado, lo mismo que el del Capital, con quien ha venido a fusionarse, ese dinero de las cifras de los 12 o 13 ceros, no se rige por las leyes de la oferta y la demanda, ni se gasta para cosa alguna: se gasta para gastarse, porque gastándose se mueve, y ésa es su vida, y da igual que pierda o gane, igual éxito que fracaso; da igual con qué pretesto se mueva (procurando, eso sí, que no vaya, por descuido, a servir para algo útil); y desde luego, con sus intereses de V., con sus manos y su boca, nada tiene que ver el juego de la Hacienda Pública ni el de la Banca, que son el mismo.
Por eso aquí le recomendamos que no se deje V. enredar en ese juego del Ideal y la Locura de los Entes Superiores, y le sugerimos que, en consecuencia, no se declare V. a Hacienda.
Lo que importa es, en la medida que se pueda, no entrar en cuentas con los Entes Superiores: si entra en cuentas con Ellos, si se declara usted, se verá inmediatamente convertido en un Auxiliar Contable de la nada; esa Declaración de Amor le llenará la vida, esto es, le ratificará el vacío (¿no sabe V. que ya el dinero es tiempo?), se habrá V. convertido en uno de Ellos, y si le quedaba todavía algo que palpitaba, que besaba y que mordía, todo quedará, por virtud de esa Declaración de Amor, que es una declaración de Fe, sometido a Dios, todo usted convertido en Alma, en Persona, en Dinero puro.
Que usted se convierta en dinero al Estado y a la Banca les conviene, lo necesitan: dinero, la Posa de las cosas, que no es cosa ninguna, es lo que Ellos pueden manejar. Que a V. le convenga venderse es muy dudoso: hace V. su Declaración, se hace V. dinero, y ¿qué le dan a cambio?: pues dinero, o sea Usted más veces: ya ve qué negocio.
En suma, que depende: si quiere V. ser dinero, venga, haga su Declaración, cumplimente todas las casillas, calcule sus rentas personales y sus desgravaciones (tiene V. que aprender la jerga correspondiente, como buen contable), y preséntela en los debidos plazos, que el Señor, sonriéndole complacido, le dirá "Sí".
Ahora, si a lo mejor descubre V. que hay cosas, que se palpan y se huelen, que no es usted todo dinero todavía, que hay tal vez cosas que hacer que no son hacer las cuentas de la Hacienda, entonces, no se declare usted, hombre: no mate los amores con su Declaración de Amor.
¿Agustín García-Calvo? - Series de Noes

Los grandes cementerios bajo la luna





El hombre es resignado por naturaleza. El hombre moderno más que los otros, debido a la soledad extrema en que le deja una sociedad que apenas conoce entre los seres relaciones que no sean de dinero. Pero estaríamos muy equivocados si creyéramos que esta resignación lo convierte en un animal inofensivo. La re­signación concentra en él unos venenos que lo mantienen listo, llegado el momento, para toda suerte de violencias. El pueblo de las democracias no es más que una muchedumbre, una muche­dumbre a la que mantienen perpetuamente en vilo el Orador invisible, las voces que llegan de todos los rincones de la tierra, voces que muerden sus entrañas y atacan sus nervios porque hablan el idioma  mismo de sus deseos, sus odios, sus terrores. Verdad es que las democracias parlamentarias, más excitadas, carecen de temperamento. Las dictatoriales tienen fuego en las entrañas.

        Las democracias imperiales son democracias en celo.
  La ira de los ímbeciles llena el mundo. En su ira, la idea de redención les­ atormenta, porque está en el fondo de toda esperanza humana­. Es el mismo instinto que arrojó a Europa contra Asia en el tiempo de las Cruzadas. Pero entonces Europa era cristiana, los imbéciles pertenecían a la cristiandad. Ahora bien, cristiano puede ser cualquier cosa, un bruto, un idiota o un loco, pero de ninguna manera puede ser un imbécil. Me refiero a los cristianos que han nacido cristianos, cristianos de estado, cristianos de cristiandad. En una palabra, cristianos nacidos en plena tierra cristiana, y que se creían libres y consuman una tras otra, bajo el sol o el aguacero, todas las estaciones de su vida. Dios me libre de compararlos con los zoquetes que los curas cultivan en tiestecitos, protegidos de las corrientes de aire! 


Para un cristiano de cristiandad, el Evangelio no es solo una antología de la que se lee un trozo cada domingo en el misal y que puede  cambiarse por El jardín de las almas piadosas del padre Prudent o las Florecillas devotas del canónigo Boudin. El Evangelio informa las leyes, las costumbres, las penas y hasta los placeres, porque en él se bendice la humilde esperanza del hombre y el fruto de su vientre. Podéis tomarlo a broma, si queréis. No conozco muchas cosas útiles, pero sé lo que es la esperanza en el Reino de Dios, ¡Y no es poco, palabra de honor! ¿No me creéis? Peor para vosotros. Tal vez esta esperanza vuelva a estar con su pueblo. Tal vez la respiremos todos, un buen día, todos juntos, una mañana de los días, con la miel del alba. ¿No os in­teresa? Da lo mismo. Los que entonces no quieran recibirla en sus corazones por lo menos la reconocerán por esto: los hom­bres que hoy desvían la mirada a vuestro paso, o se burlan en cuanto les habéis dado la espalda, caminarán derechos a vuestro encuentro, con una mirada de hombre. Por esto, repito, sabréis que vuestro tiempo ha pasado.

Georges Bernanos

Money







Es así: periódicamente el dinero me reprocha
por qué lo dejo aquí sin utilizar. 
Soy lo que nunca tuviste, el sexo y las cosas buenas.
Tú puedes conseguirlas firmando unos cuantos cheques. 
Entonces miro qué hacen los demás con el suyo: 
seguramente no lo dejan debajo del colchón. 

Ellos ya tienen una casa en la playa, un auto y una mujer: 
está claro que el dinero alguna relación guarda con la vida 
-en efecto, tienen mucho que ver si lo averiguas: 
no puedes postergar la juventud hasta que jubiles 
y por más que deposites tu sueldo, al final 
tus ahorros apenas te permitirán pagar un afeitado.

Escucho el canto del dinero. Es como mirar 
desde lo alto de un ventanal una ciudad de provincia,
sus barrios, el canal, las iglesias adornadas y locas
bajo el sol de la tarde. Es intensamente triste.




Quarterly, is it, money reproaches me:
Why do you let me lie here wastefully?
I am all you never had of goods and sex.
You could get them still by writing a few cheques.
So I look at others, what they do with theirs:
they certainly don’t keep it upstairs. 
By now they’ve a second house and car and wife:
clearly money has something to do with life
-in fact, they’ve a lot in common, if you enquire:
you can’t put off being young until you retire,
and however you bank your screw, the money you save
won’t in the end buy you more than a shave. 
I listen to money singing. It’s like looking down
from long French windows at a provincial town,
the slums, the canal, the churches, ornate and mad
in the evening sun. It is intensely sad.


Philip Larkin



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