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La imaginación al poder





A principio de los años 90 a veces nos ocurría que encontrábamos por la calle un hombre completamente loco que hablaba solo y luego resultaba que estaba cuerdo y hablaba a través de un teléfono móvil. Hoy, al contrario, nos hemos acostumbrado de tal modo a que todo el mundo tenga un celular y lo utilice en los espacios públicos -la calle, el restaurante, el autobús- que los locos y sus monólogos delirantes pasan completamente desapercibidos: se diría que están hablando por un teléfono móvil. 

Hace poco, en el bar de una estación de tren, me llamó la atención un hombre de unos cuarenta años que, en la mesa vecina, mantenía una acalorada y trágica conversación a través del teléfono. Hablaba con su secretaria, que le daba muy malas noticias. Los bancos le habían negado una nueva línea de crédito, las empresas deudoras no pagaban, la auditoría había descubierto la doble contabilidad y, para colmo, su esposa lo había abandonado por un cliente rico. Nuestro hombre repetía en voz alta esta sucesión de catástrofes alternando la desesperación resignada -una mano en la frente calva, un suspiro- con repentinos cornetazos de resistencia colérica: agitaba un dedo agresivo y se golpeaba el pecho mientras gritaba órdenes a las que su secretaria, al otro lado, oponía una nueva desgracia que inhabilitaba toda respuesta. Al terminar la conversación, el hombre dejó el móvil, como un cangrejo muerto, sobre el tablero, se bebió de un trago el resto de la cerveza y se derrumbó.

Por razones que no hace al caso relatar -una combinación de retrasos y azares empáticos- acabamos sentados a la misma mesa. En resumen: nuestro hombre, que se llamaba Alfredo Expósito, no había mantenido ninguna conversación; no tenía secretaria y su móvil era de juguete. Alfredo estaba loco y se hacía pasar por un empresario ocupadísimo. Estaba tan solo y al mismo tiempo tan en este mundo que acudía con su móvil falso a los lugares públicos para que lo tomaran por lo que no era. Alfredo fingía ser un hombre de negocios, sí, pero lo más extraño es que fingía ser un hombre de negocios... fracasado. Podía haber citado cifras astronómicas de beneficios financieros, operaciones redondas y gloriosas, encuentros con magnates y estrellas de las pasarelas, pero no: iba a parques, bares y estaciones a escenificar en voz alta la ruina de su empresa y el desbaratamiento de su vida. Unas veces era el mercado de divisas y otras veces la fábrica textil, unas veces la malversación de un contable y otras la anticipación de un rival financiero, unas veces su mujer lo abandonada por un triunfador y otras se suicidaba tras perder la casa y el Alfa Romeo, pero lo que no cambiaba era el resultado: de manera invariable Alfredo mantenía por su celular de juguete la última conversación de un fracasado.

¿Por que Alfredo Expósito se hacía pasar por un empresario fracasado? ¿La locura no es más libre que la cordura? ¿No elige siempre ser Napoleón en lugar de uno de sus soldados? No. La locura describe también, y nos impone, el mundo real en el que vivimos. Sin amigos, sin familia, sin trabajo, con un solo traje heredado de su breve pasado de agente de seguros, Alfredo necesitaba integrarse, formar parte de una sociedad que lo rechazaba. Su locura tenía buen tino. De entre todos los tipos integrados, elegía el que la -digamos- “ideología dominante” aprecia y destaca más: el empresario que desde un despacho, a través de un teclado o de un teléfono, levanta millones como olas del mar; el hombre de negocios dinámico que con su varita dirige la orquesta de las riquezas del mundo. Si tenía que fingir “integración” nada mejor que hacerse pasar por directivo de una agencia de inversiones, de una consultoría o de una multinacional de la construcción.

Pero, ¿por qué -por qué- fracasado? Podría decirse que precisamente por afán integrador, pues ningún destino resulta más típico, más estándar, más verosímil en tiempos de crisis que el de un empresario fracasado -e incluso un empresario corrupto. Era un homenaje a los tiempos presentes y, a su modo, una denuncia de sus excesos. Pero había también una cuestión de carácter. Alfredo lo había intentado -me dijo; había intentado hablar con su falsa secretaria y recibir buenas noticias; había intentado fingir que compraba todas las acciones de Monsanto o de Indra, que se apoderaba en el último momento de las concesiones para explotar el gas de esquisto en Túnez y Rumanía, que Irina Shayk había dejado a Cristiano Ronaldo para irse a vivir con él a una isla del Pacífico. Pero no podía, no le salía. “No soy un fantasioso”, me dijo. Se había vuelto loco a la medida de sus posibilidades; era una locura modesta, “del pueblo”, compatible con su timidez y sus recursos. Era una locura de clase media derrotada.

Me acordé -mientras lo escuchaba- de un verso del inmenso poeta portugués Fernando Pessoa (que cito de memoria): “incluso los ejércitos de mi imaginación sufrían derrotas”. En todos los terrenos hay clases; están los fantasiosos y están los imaginativos. De niño a mí me ocurría algo parecido. Adoraba el atletismo y no era malo del todo, pero siempre llegaba segundo a la línea de meta. Cuando imaginaba de noche la siguiente carrera, me representaba a mi mismo en cabeza, comenzaba a sacar más y más ventaja a mis perseguidores, mi victoria era segura y a pocos metros de la llegada, cuando ya oía los aplausos, de pronto no podía evitar imaginar que tropezaba y me caía. Quizás es que no quería ganar y quizás perdía por eso. Lo cierto es que hay mucha gente que asume hasta tal punto su derrota o su subalternidad que, incluso en su imaginación, liga con la chica o el chico feos de la fiesta, juega al fútbol en segunda división o se queda en empleado de banca. En un mundo brutal de fantasías frustradas, de fantasiosos contrariados (arribistas, ambiciosillos, narcisistas e impostores, por no hablar de los tiranos y los financieros) esta imaginación pedestre que mide la realidad y sus hechuras atisba ya otro mundo posible con menos cadáveres en las cunetas. Pero en un mundo de cuerdos fantasiosos y violentos los imaginativos se vuelven locos. Y están solos, como Alfredo, contándoles a un juguete, y no a un amigo, que han fracasado en una carrera que en realidad no han emprendido y que no querrían disputar.

Si tenemos que definir la sociedad capitalista en términos humanos, diremos que es una sociedad compuesta de fantasiosos frustrados e imaginativos derrotados. Imaginativos del mundo, uníos. Puestos a imaginar, a veces imagino que encuentro de nuevo a Alfredo en la estación de la ciudad de un país decente y le está contando muy contento a un amigo tan imaginativo como él (y no a un juguete) que los imaginativos han fracasado: que de las fuentes no mana agua y miel sino agua para todos, que no se ha vencido a la muerte sino generalizado el acceso a la medicina, que los niños no son buenos pero van a la escuela, que los ciudadanos no son ni felices ni omnipotentes pero sí dueños de su destino. Y que la locura no ha desaparecido -ni tampoco la soledad- porque el amor, y el dolor, ganan siempre todas las carreras.

Santiago Alba Rico - La calle del Medio

Poner el sol a referéndum







Podemos decir que hay dos tipos de acontecimientos, los que se repiten y los que no se repiten, y que cada uno de estos dos tipos se divide a su vez en otros dos: los que tenemos que esperar y los que podemos provocar. 

Pondré algunos ejemplos para que se me entienda. Un acontecimiento que se repite, pero que tenemos que esperar, es la primavera (raramente se espera el invierno) y, en general, todos los fenómenos naturales: desde el paso de un cometa, con sus largos plazos cósmicos, hasta el crepúsculo y el amanecer, que se repiten todos los días sin que podamos hacer nada, sin embargo, para anticipar o retrasar su hora. Cuando la cultura imita a la naturaleza o marca con solemnidad sus ritmos y estaciones, tenemos esos otros acontecimientos repetidos e involuntarios a los que damos el nombre de fiestas: la Navidad o el Carnaval o el 1º de Mayo, que forman parte del calendario a igual título que los solsticios y los equinoccios. 

Tenemos luego los acontecimientos que ocurren una sola vez. Aquellos que no podemos provocar y que ni siquiera podemos esperar son los que dependen del azar y que, cuando son favorables, llamamos “milagros”: el milagro, por ejemplo, de la reciprocidad amorosa o el de un premio de lotería o incluso el de una gran victoria deportiva. O el de esa cara que no volveremos a ver -o ese bosque rojo iluminado por la primera luz del día y que se deshace a nuestras espaldas como un pedacito de hielo- y que nos salva de un mal pensamiento o de una decisión irreparable. Por otra parte, los que no se repiten y son, sin embargo, obra nuestra son como imitaciones voluntarias del “milagro”, tentativas individuales de adueñarse del azar inscribiéndolo también en el calendario: una boda, por ejemplo, o un viaje o una hazaña deportiva (o esos records absurdos que recoge el Libro Guinness, patética y casi enternecedora ilusión de irrepetibilidad voluntaria). La máxima expresión de “milagro negativo” es la muerte, que nos está ya esperando y que nadie espera, acontecimiento que ocurre una sola vez y que, cuando es voluntario, parece querer suprimir, junto a la vida, su propio acontecimiento. El suicidio es irrepetible y trabajoso: el trabajo de destruir al mismo tiempo el objeto y al trabajador. 

Y están finalmente los acontecimientos repetidos y que no hace falta esperar: los que son repetibles a voluntad. ¿Cuáles son? Los que contradicen o vencen la naturaleza: los técnicos o tecnológicos. Las máquinas sirven, sobre todo, sí, para abolir la espera, lo que sin duda es bueno cuando se trata, por ejemplo, de construir una casa o de fabricar mantas y vacunas, pero no tanto si hay que gestar un niño o escribir un poema. La imagen más pura y precisa de esta “repetición voluntaria” es, en efecto, la fábrica, en la que un juego de palancas y pulsadores, manejados por la voluntad, producen una y otra vez, de manera potencialmente ilimitada, el mismo objeto. Pero la tecnología, en condiciones de mercado capitalista, ha ido mucho más allá y ha reducido e incluso suprimido los acontecimientos naturales y el compás mismo de las estaciones. Ya no tenemos que esperar la temporada de la alcachofa o del tomate porque en cualquier momento -con aviones o mediante invernaderos- podemos llevarlos hasta nuestra mesa. Ya no tenemos que esperar el amanecer, porque hay millones de fotos y vídeos que nos lo repiten en ese horizonte estrecho -demasiado cercano- que llamamos “pantalla”. Ni siquiera tenemos que esperar el momento siempre azaroso, emocionante y hasta peligroso, en el que una vecina o un vecino se desnudan en la ventana de enfrente: esa ventana está en todo momento al alcance de un clic del ordenador. 

Digamos que no hay más que un verdadero acontecimiento y lo llamamos “belleza”. O digamos, aún mejor, que sólo hay verdadero acontecimiento en la belleza y que bello es precisamente lo inesperado o lo que se hace esperar -porque hay siempre algo inesperado en que vuelve a ocurrir lo mismo tras una larga espera: la fruta y el beso. Bella es la independencia del mundo. Por eso, la tecnología, tan necesaria para repetir las condiciones mismas de la vida material, no puede introducir voluntad mecanizada, al menos en el marco del consumo capitalista, sin atentar también contra la independencia del mundo, reduciendo con ello cada vez más el campo de los acontecimientos o convirtiendo -más radicalmente- los acontecimientos en no-acontecimientos. La alcachofa, por ejemplo, ya no es un acontecimiento. El tomate no es un acontecimiento. Tampoco el crepúsculo. Tampoco el cuerpo. El acceso tecnológico al mundo, que queda ahora fuera de la experiencia, como un puro residuo previo, destruye recursos para la supervivencia y destruye la propia naturaleza, pero además destruye la independencia misma del mundo, los fértiles tiempos de espera en los que germinan los acontecimientos. 

Esta doble agresión, natural y cultural, se resume muy bien en una noticia reciente, parcialmente falsa, según la cual “el gobierno chino retransmite el amanecer en pantallas gigantes a causa de la contaminación de Beijing”. La noticia es falsa porque no es una iniciativa del gobierno chino. Pero es sólo parcialmente falsa porque lo cierto es que la contaminación asfixiante de Beijing no permite ya ver la salida del sol; y porque una organización ambiental ha instalado una pantalla gigante para retransmitir el acontecimiento, residuo de un mundo anterior en el que el amanecer se repetía, al margen de la voluntad, a la vista de todos los seres humanos. La contaminación, resultado de la agresión productiva y tecnológica contra las condiciones materiales de la vida, obliga además a convertir el acontecimiento del amanecer en un no-acontecimiento tecnológico. Se retransmite. Se repite a voluntad. Y la pantalla es ahora el horizonte en el que los chinos ven la salida del sol. Podría salir diez veces. Podría salir de noche. Aún más, podría desaparecer el sol -si no fuese condición de supervivencia- y los chinos seguirían viéndolo salir en Beijing tantas veces como decidiese el gobierno o una empresa de publicidad. La solución tecnológica a la contaminación tecnológica ha suprimido el acontecimiento del amanecer, que ahora es sólo otro producto de fábrica o, si se prefiere, una mercancía más.

Es un indicio, un modelo. El mercado debilita la independencia del mundo y además desprestigia su belleza. ¿A quién le importa el amanecer? Si el sol fuera prescindible, si hubiera un dios creador y si pusiera a referendum su existencia (la del sol), mucho me temo que muchos consumidores elegirían la pantalla gigante. ¿Cómo decirlo? Entre el sol y el amanecer, elegirían sin duda el amanecer. Con mando a distancia y “me gusta” en facebook.

La Calle de Enmedio - Santiago Alba Rico


La conversación de la mesa de al lado








Para comprender lo que es la literatura basta con escuchar una conversación entre desconocidos, desde la distancia de otra mesa, en un café o en la antesala de un médico. Siempre hay algo solemne, ridículo, teatral, en las palabras más banales y sinceras que se intercambian dos personas cuya vida no conocemos desde dentro, cuyos discursos no hemos trenzado con los nuestros. Todos los desconocidos son personajes de ficción o muñecos de guante, movidos trabajosamente por clichés que asoman muy visibles, como hilos y cartones, bajo la ropa. Pero nosotros, en cuanto que desconocidos para los desconocidos, no somos tampoco más profundos o singulares. Por eso, para averiguar lo que somos, para comprender el mundo en el que vivimos, es muy bueno reducirlo a sus engranajes comunes -a una especie de maqueta a escala- y para eso nada mejor que sorprender una conversación entre desconocidos en un local público.

Hace unos días, en Barcelona, mientras cenaba en un restaurante popular del Rabal, me quedé prendado de la conversación de cinco jóvenes desconocidos que comían en la mesa de al lado. Eran cinco jóvenes “emprendedores”, como los nombra el lenguaje de la crisis, que trabajaban en una empresa multinacional con distinto grado de responsabilidad. Habían bebido y comido copiosamente y trataban al viejo camarero con desenvoltura y superioridad mientras se intercambiaban -tres mujeres y dos hombres- bromas un poco picantes de un convencional y rutinario machismo. Su aplomo y seguridad, y el placer de esa cena compartida, se fundaba en el privilegio de su situación: tenían trabajo y, a juzgar por la ropa y el menú, bien remunerado. De hecho, sólo hablaban del trabajo: chismes sobre jefes y compañeros, viajes de negocios, diminutos agravios y esperanzas de promoción. Lo primero que me llamó la atención fue, en efecto, la pequeñez casi solipsista del mundo en el que se movían sus vidas y su conversación. Lo que compartían entre ellos sólo lo compartían entre ellos. Por más asombroso que parezca, en 50 minutos no pronunciaron una sola frase lo suficientemente general -ni siquiera de fútbol- como para que cualquier otro , desde fuera, hubiera podido intervenir para asentir o disentir. No hay conversación más privada -privada en todo caso de sentido general- que la que habitualmente desarrollan los trabajadores de clase media del sector terciario capitalista: ninguna secta, ni siquiera la de un partidito de la izquierda argentina o madrileña, alcanza ese nivel de especialización acósmica, sin mundo, propia más bien de los protozoos y los coleópteros.

Compartían claves secretas, a modo de antenas o tentáculos, y compartían también -digamos- una filosofía de la vida. El más veterano de todos ellos, un hombre que se jactaba trágicamente de tener casi cuarenta años, la expuso en pocas palabras ante el silencio reverencial de sus amigos: “Si no te crees lo que estás haciendo no lo haces bien. Como persona y padre de familia, necesito creer que la empresa para la que trabajo es la mejor del mundo. Aunque produzca veneno para ratas o armamento nuclear, necesito convencerme de que es la mejor de su sector. Si no consigo convencerme, no hago bien mi trabajo; no consigo vender ni veneno para ratas ni armamento nuclear. Tiene que haber algo detrás. Somos humanos”. Una ambición de excelencia, un prurito de calidad, la droga de un compromiso emocional, este pequeño ejecutivo de una compañía comercial reivindicaba la forma abstracta de la moral humana, al margen del contenido, como una necesidad afectiva a la que ningún trabajador debía renunciar y sin la cual, sobre todo, ningún negocio o empresa podían triunfar. El capitalismo, digamos, funciona -y produce grandes beneficios selectivos- gracias a esta fe irónica o postmoderna, tan seria como la del catolicismo, de los que necesitan un “compromiso moral” para cumplir una orden: “Como no puedo hacer nada en lo que no crea, me tomo una píldora de fe cada vez que mis jefes me ordenan algo”. Este es un poco el secreto psicológico de todos los genocidios, como bien supo ver Hannah Arendt al analizar los crímenes del nazismo: una especialización acósmica sostenida por el deseo de seguir siendo humanos. El mundo siempre se destruye desde fuera de él y en nombre de una ética.

Los cinco jóvenes “emprendedores”, a la distancia de una mesa, eran actores, personajes de ficción, marionetas movidas por clichés que ellos no veían bajo su ropa. Creían estar viviendo y divirtiéndose cuando en realidad estaban ilustrando un tipo humano (como yo hubiese ilustrado otro, sin duda, si hubiesen vuelto la cabeza para mirarme). Es un tipo humano que quizás no ha existido nunca antes en la historia, el de una clase media surgida en la post-guerra mundial en Europa, ni conservadora ni reaccionaria, que no se define por su inscripción concreta en el ámbito de la producción sino por su “común y radical falta de mundo”. Por un lado, estos “emprendedores” han visto roto todo vínculo con la tierra, con el agua, con el aire y con el fuego, pues en el terreno laboral sólo mantienen lazos concretos con los mediadores humanos de una estructura abstracta, mediadores en los que vuelcan precisamente toda su necesidad de “humanidad” y en los que sacian todas sus nostalgias morales. Por otro lado, disfrutan de un ocio proletarizado y estandarizado a través del acceso a mercancías baratas o, para decirlo con Pasolini, de ese “hedonismo de masas” postmoderno que ha disuelto todas las membranas de la cultura popular. El resultado es la figura del “rehén consumidor”, fiel a su jefe (cuando encuentra uno) y “soltero” de todo compromiso que vaya más allá de su cuerpo: una combinación, si se quiere, de perverso voluntariado guevarista al servicio de Monsanto o el Banco de Bilbao y de incapacidad deleitosa para las representaciones generales.

En un momento en que Europa se derrumba en un proceso parecido al de los años 30 del pasado siglo, no podemos eludir la cuestión. ¿Qué monstruo surgirá de la descomposición de esta nueva clase media? Las repeticiones nunca son mecánicas y jamás ponen en juego las mismas variantes y factores. Si se avecina un nuevo fascismo no será igual al de Mussolini y Hitler. A diferencia de lo que ocurría en 1933, hoy la izquierda europea es muy consciente de los peligros pero carece de los medios para conjurarlos, incluido el análisis de clase ajustado a la nueva situación.


El la mesa de al lado siempre se representa en tono jocoso la tragedia de nuestra época. Da un poco de miedo pensar en estos jóvenes felices, necesitados de fe, estremecidos de desorientada humanidad, el día en que no puedan pagar la cuenta del restaurante y no tengan un jefe de ventas al que admirar.

La Calle de Enmedio - Santiago Alba Rico

Naturalmente las máquinas


Es de todos conocido el llamado “experimento de Milgram”, una investigación sobre la obediencia desarrollada por el psicólogo estadounidense del mismo nombre en los años sesenta del siglo pasado. Voluntarios que creían estar participando en un experimento oficial sobre la memoria, y que recibían una pequeña remuneración por ello, accedían a aplicar descargas eléctricas a un “aprendiz” cada vez que éste no podía responder a una pregunta. Aunque los voluntarios no lo sabían, el “aprendiz” era un actor y los electrodos a los que estaba conectado su cuerpo eran falsos. 

Los resultados fueron espeluznantes: conminados por uno de los “investigadores” cada vez que dudaban (“el experimento requiere que usted continúe”), el 65% de los voluntarios llegó a aplicar el nivel máximo de potencia, 450 voltios, a pesar de las súplicas y gritos del “aprendiz”; y ninguno de ellos se detuvo antes de alcanzar los 300 voltios. Milgram trataba de explicarse la conducta de los funcionarios nazis, como el famoso Adolf Eichmann, y descubrió la normalidad, casi universalidad, de la obediencia a la autoridad, en cuyos mimbres se disuelve, como un azucarillo, la conciencia individual y los escrúpulos morales.

Milgram centraba mucho la atención en el carácter “oficial” del experimento: el número de “desobedientes” aumentaba si se convocaba a los voluntarios en nombre de una empresa privada y no en nombre del Estado. Pero dio menos importancia al hecho -para mí fundamental- de que el voluntario infligiese dolor al aprendiz a través de una máquina, la cual introducía dos elementos “psicológicos” decisivos. El primero tiene que ver con la distancia, en el sentido de que la máquina evitaba el contacto físico directo con la víctima y dificultaba la “representación” de su sufrimiento. El segundo, más decisivo aún, se relaciona con la “racionalidad e impersonalidad” de la máquina, depositaria en sí misma de una “finalidad” superior. La verdadera autoridad a la que se somete el voluntario no es la del investigador humano ni la de la abstracta instancia oficial que lo ha convocado sino la del aparato del que su cuerpo y su conciencia se han vuelto meras prolongaciones. Como es sabido, la introducción -por ejemplo- de picanas eléctricas en las sesiones de tortura de las dictaduras latinoamericanas (en los mismos años en los que Milgram realizaba su experimento) buscaba menos aumentar el dolor del prisionero que convertir la tortura en una rutina profesional, parecida a la de la medicina, asumible por cualquier “sensibilidad común” como parte objetiva del oficio.

Esta objetividad, racionalidad e impersonalidad de la máquina tiene efectos pavorosos. Podemos decir que el desarrollo tecnológico ha producido algo así como una superación universal del Estado de Derecho. La tecnología ha naturalizado en la conciencia de los seres humanos la violación del derecho como un efecto rutinario del uso de máquinas. Pensemos, por ejemplo, en los drones. Las organizaciones de derechos humanos han denunciado siempre como intolerables las ejecuciones extrajudiciales, y ninguna persona decente deja de estremecerse ante la idea de un ciudadano -delincuente o no- asesinado en un callejón por un policía. Cuando eso ocurre como consecuencia de un bombardeo en el que decenas de civiles mueren sin haber cometido ningún delito o, en cualquier caso, sin derecho a un juicio justo, nos escandaliza también, aunque bastante menos. Pero si es un avión sin piloto el que, además de violar la soberanía de otro país, mata a un “blanco escogido”a 10.000 km. de distancia, entonces nadie protesta. Todos aceptamos con naturalidad que se asesine a un ciudadano de otro país en un callejón de Aden o de Islamabad si se hace desde lejos y a través de una máquina “vacía de hombre”.

Algo parecido ocurre en las aduanas y en los aeropuertos. Todos los turistas del mundo -a los emigrantes no les queda más remedio- aceptamos sin protestas ni resistencias que se conculque de hecho el principio de “presunción de inocencia” y que se nos trate, por tanto, como a sospechosos de terrorismo, porque esa suspensión del derecho se realiza a través de un proceso mecanizado en el que somos manejados por máquinas más que por manos. Un registro manual nos soliviantaría y nos humillaría; si se utiliza un escáner electrónico no sólo no nos resistimos sino que nos sentimos tranquilos, apaciguados, casi como si nos estuviesen “curando”.

Lo mismo sucede en el caso Snowden. Dejemos a un lado el escándalo político, la complicidad de la Unión Europea, el ignominioso “acto de guerra” contra Bolivia y su presidente. ¿Por qué los ciudadanos del mundo hemos aceptado con tanta docilidad el espionaje potencial de nuestros correos privados por parte de los EEUU? Soportamos difícilmente la curiosidad de un vecino entrometido y fisgón; y nos repugna instintivamente la figura del soplón o del confidente que, como ocurría en la dictadura de Ben Ali en Túnez, pasaba información a la policía sobre las conversaciones privadas en los cafés. Por lo demás, uno de los rasgos que más escandalizaba a los occidentales de los regímenes de la órbita soviética (pensemos en la famosa película “La Vida de los Otros”) era su tentativa rudimentaria e impotente de “espionaje total”. Pues bien, esa pesadilla antiliberal del “espionaje total” se ha hecho realidad en el país más “liberal” del planeta, desmintiendo así que realmente lo sea, y no hemos dicho nada. ¿Por qué? Una explicación es que nos hemos tragado la propaganda “antiterrorista” del gobierno estadounidense, dispuestos a sacrificar derechos y libertades a la promesa de una mayor seguridad. Otra -mucho más natural- es que este “espionaje total” se realiza a través del más sofisticado, desarrollado y universal sistema tecnológico de comunicación global, en el que están atrapados también nuestros placeres, nuestros amores y nuestros trabajos.


Cuanto más artificial es un procedimiento más naturales nos parecen sus consecuencias. Más allá de las ideologías y de las estrategias políticas, más allá de los gobiernos que las usan, son las máquinas mismas las que impiden distinguir -a nivel de la conciencia humana- una cámara de tortura de un quirófano de una aduana de un bombardeo de un e-mail de un parque de atracciones de una cocina moderna. Capitalismo y democracia social son incompatibles, pero el capitalismo ha impuesto ya un horizonte mental de maquinismo consumista tan “atmosférico” que no sabemos si podremos algún día retroceder de nuevo -sin pedir ya mucho más- hasta la más sencilla y elemental -y cruel- humanidad.

Santiago Alba Rico
La calle del medio

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