Escuela de felicidad



Donald Zolan



La felicidad, al fin y al cabo, es una actividad original hoy en día. Queda demostrado al tener que ocultarnos para disfrutarla. 

La felicidad hoy es como el crimen de derecho común: niéguelo siempre. No vaya diciendo, así, sin mala intención, ingenuamente, "soy feliz". Porque se tropezará enseguida alrededor suyo, con su condena en bocas caninas. 

Con que es usted feliz, joven, ¿y que piensa de los huérfanos de Cachemira o de los leprosos de Nueva Zelanda que no son felices, eh? Y de repente nos volvemos tan tristes como mondadientes. 

Pero a mí me parece que hay que ser fuertes y felices para ayudar a la gente en su desgracia.




"La felicidad, razón de ser del hombre, está asediada"

Durante siglos el gusto por la felicidad permaneció idéntico. Y ahí, al fin y al cabo, en ese irrefrenable y feroz gusto por la felicidad, nos queda quizá por descubrir el verdadero secreto de la vida. 
¿Relacionar la felicidad con una vida acomodada, con la seguridad, con un presunto estatus social?
La felicidad no es más que ese estado de inocencia infantil, al calor del sol y de las promesas de orillas anheladas. 
Me he criado en el mar y la pobreza me resultó fastuosa. Luego perdí el mar y todos los lujos se me hicieron grises y la miseria intolerable.

            Albert Camus



Cuando la solución es el problema








"La juventud actual está pervertida: es malvada, atea y perezosa. Nunca será como la juventud de antes y por eso nunca llegará a tener nuestros valores". 
Inscripción babilónica de año 1.000 a.C


Parece que el fenómeno denominado "brecha generacional" existe desde al menos hace tres mil años. Podemos suponer con razón que si un problema ha durado tres mil años es que nadie ha hallado su solución. Y esto de la convivencia es como un resfriado o la fuerza de la gravedad.

Pero a lo largo del tiempo suele repetirse de forma sinusoidal: grupos mayoritarios de hombres están convencidos de que la brecha generacional puede y debe ser cerrada. Esto nos crea problemas insospechados. El intento de cerrar la brecha es el problema

Paul Watzlawick

BB King, leyenda del blues (1925-2015)





BB King, que ha muerto a los 89 años, fue el músico de blues con más éxito de todos los tiempos. Creció en la pobreza en el Mississippi rural,  donde templó su guitarra y su voz en medio de la segregación racial hasta alcanzar fama mundial. Sus continuas giras le hicieron sinónimo de blues, pero su influencia se extendía mucho más allá del género.
Obtuvo 15 Grammys de blues, más que cualquier otro artista de blues, así como un premio a su trayectoria. King, cuyo éxito más conocido fue "The Thrill is Gone", dijo una vez: "No tocamos rock and roll, el blues es nuestra música, directa desde el delta". Sin embargo, en 1987 fue incluido en el Salón de la Fama del Rock and Roll.
En su mejor momento, King fustigó multitudes hasta alcanzar el éxtasis; su música era un alivio para quienes vivían con el sudor de su frente. Esos salones de baile y esos bares ya no existen, pero la energía de King se mantuvo, empapando su blues con angustia y alegría. Hacia el final, le gustaba recordar el pasado en el escenario, como si hablara su propia leyenda. Pero una vez que la banda comenzaba a tocar con el látigo chillón de su metal, los poderes curativos del “rhythm and blues” de King lo llenaban todo.
Nació Riley B. King el 16 de septiembre de 1925 en el seno de una familia de aparceros del delta, cerca de Indianola. El joven King cantó en un coro baptista, absorbió los gritos de los trabajadores del campo y se enamoró de los discos de blues de su tía abuela. Sus primeros instrumentos fueron hechos a mano - un alambre y un palo de escoba eran suficientes. A los 12 años, King consiguió su primera guitarra, aprendió a tocarla solo y trató de imitar a Blind Lemon Jefferson yLonnie Johnson.
En su adolescencia, King fue tractorista, un trabajo que recordaba con cariño porque le permitía conocer a chicas cuando conducía de un lado a otro. Tocó la guitarra en el Famous St John’s Quartet, un grupo de gospel, y como era muy joven para poder entrar en los bares de Indianola se quedaba en la puerta, tratando de oir la música. Comenzó a tocar en la calle y aprendió que aunque el gospel era respetado, el blues era lo que daba dinero.
Cuando se licenció del ejército después de la Segunda Guerra Mundial, King hizo autostop hasta Memphis, donde vivía su primo Bukka White, también guitarrista de blues: "Mi universidad fue tocar todos los días en la calle Beale", dijo en radio PBS años después. Hacia 1948 hacia de DJ regularmente, como Sepia Swing, en la estación de radio negra WDIA. Fue en Memphis donde conoció a Count BasieLouis Jordan y su principal influencia en la guitarra, T-Bone Walker.
Una noche King estaba tocando en el circuito de locales segregados a los que tenían acceso los músicos negros, el “Chitlin` Circuit”,  cuando se produjo un incendio: dos hombres que se peleaban por una mujer habían volcado de una patada el cubo con queroseno que era la única iluminación de la sala de baile. Escapando a la carrera, King se olvidó su guitarra acústica de 30 dólares y volvió a buscarla. La pelea fue por una mujer llamada Lucille, y desde entonces bautizó así todas las guitarras que toco en su vida; el éxito le asoció para siempre con la marca Gibson.
King firmó contratos con las casas de discos RPM, Modern y Kent y en 1952 consiguió su primer número 1 en las listas de R & B, con una versión de "Three O'Clock Blues". Al que siguieron 25 canciones de éxito, incluyendo clásicos de repertorio que compuso como "Woke Up This Morning". Algunos fueron grabados en los estudios Sun, donde conoció a Elvis Presley. King recordaba en su autobiografía de 1996, Blues All Around Me, (dedicada a sus 15 hijos) que Presley "siempre me llamaba « señor ». Eso me gustaba".
King fue un melodista excepcional y un maestro de la luz y la sombra, que podía cambiar en un santiamén de entonar con dulce lirismo a rasgar con su voz la música. Duro, jacista y arraigado en el delta, King fue la figura dominante del “rhythm and blues” en la década de 1950, tocando más de 300 conciertos al año.
A mediados de la década de 1960, los gustos musicales de los jóvenes afroamericanos fueron cambiando a favor del soul; King fue abucheado cuando compartió cartel con artistas como Sam Cooke y Jackie Wilson. Pero después de que John Lennon dijese que le gustaría poder tocar la guitarra como BB King, su situación mejoró.
Eric Clapton fue su discípulo; los Rolling Stones le alabaron, comenzó a abrir sus conciertos. En 1968 tocó en San Francisco Fillmore West, y King recordaba una audiencia de "gente blanca de pelo largo. . . Me dije a mí mismo: '¡Oh, Dios!, ¿qué hago aquí? "
El nuevo manager de King, Sid Seidenberg, continuó elevando su fama y su apretado calendario de giras se hizo mundial. En 1970 "The Thrill is Gone" fue un gran éxito en todos lados. Consiguió nuevos fans y nuevos mercados con colaboraciones con músicos de rock blancos como Clapton y U2. King también prestó su nombre a la cadena de establecimientos BB King Blues Club and Grill.
Durante más de 30 años, King volvió a Indianola para el festival anual “King Homecoming”, dedicado a la memoria del asesinado activista de derechos civiles Medgar Evers. "Me hace sentirme bien poder hacer algo por los chicos, lo que no hicieron con nosotros cuando crecíamos", dijo. En junio de 2014, King tocó en la que anunció que sería su última aparición en Indianola.

Mike Hobart es saxofonista, director del Urban Jazz Collective y crítico de jazz del Financial Times.
Traducción para www.sinpermiso.info: Enrique García

A la llana y sin rodeos






Quiero dedicar este Premio Cervantes 2014 a mi maestro Francisco Márquez Villanueva, catedrático de la Universidad de Harvard, in memoriam, y a los habitantes de la Medina de Marrakech, que han sabido acogerme con cariño en esta etapa incómoda de la vida que es la vejez.
El texto se llama —es una frase cervantina— “A la llana y sin rodeos”:
En términos generales, los escritores se dividen en dos esferas o clases: la de quienes conciben su tarea como una carrera y la de quienes la viven como una adicción. El encasillado en las primeras cuida de su promoción y visibilidad mediática, aspira a triunfar. El de las segundas, no. El cumplir consigo mismo le basta y si, como sucede a veces, la adicción le procura beneficios materiales, pasa de la categoría de adicto a la de camello o revendedor. Llamaré a los del primer apartado “literatos”, y a los del segundo “escritores” a secas o más modestamente “incurables aprendices de escribidor”.
A comienzos de mi larga trayectoria —primero de literato, luego de aprendiz de escribidor— incurrí en la vanagloria de la búsqueda del éxito —atraer la luz de los focos, “ser noticia”, como dicen obscenamente los parásitos de la literatura— sin parar mientes en que, como vio muy bien Manuel Azaña, una cosa es la actualidad efímera y otra muy distinta la modernidad atemporal de las obras destinadas a perdurar pese al ostracismo que a menudo sufrieron cuando fueron escritas. La vejez de lo nuevo se reitera a lo largo del tiempo con su ilusión de frescura marchita. El dulce señuelo de la fama sería patético si no fuera simplemente absurdo. Ajena a toda manipulación y teatro de títeres, la verdadera obra de arte no tiene prisas: puede dormir durante décadas como La Regenta o durante siglos como La lozana andaluza. Quienes adensaron el silencio en torno a nuestro primer escritor y lo condenaron al anonimato en el que vivía hasta la publicación del Quijote no podían imaginar siquiera que la fuerza genésica de su novela les sobreviviría y alcanzaría una dimensión sin fronteras ni épocas.
“Llevo en mí la conciencia de la derrota como un pendón de victoria”, escribe Fernando Pessoa, y coincido enteramente con él. Ser objeto de halagos por la institución literaria me lleva a dudar de mí mismo, ser persona non grata a ojos de ella me reconforta en mi conducta y labor. Desde la altura de la edad, siento la aceptación del reconocimiento como un golpe de espada en el agua, como una inútil celebración.
Mi condición de hombre libre conquistada a duras penas invita a la modestia. La mirada desde la periferia al centro es más lúcida que a la inversa y al evocar la lista de mis maestros condenados al exilio y silencio por los centinelas del canon nacionalcatólico no puedo menos que rememorar con melancolía la verdad de sus críticas y ejemplar honradez. La luz brota del subsuelo cuando menos se la espera. Como dijo con ironía Dámaso Alonso tras el logro de su laborioso rescate del hasta entonces ninguneado Góngora, ¡quién pudiera estar aún en la oposición!
Mi instintiva reserva a los nacionalismos de toda índole y sus identidades totémicas, incapaces de abarcar la riqueza y diversidad de su propio contenido, me ha llevado a abrazar como un salvavidas la reivindicada por Carlos Fuentes nacionalidad cervantina. Me reconozco plenamente en ella. Cervantear es aventurarse en el territorio incierto de lo desconocido con la cabeza cubierta con un frágil yelmo bacía. Dudar de los dogmas y supuestas verdades como puños nos ayuda a eludir el dilema que nos acecha entre la uniformidad impuesta por el fundamentalismo de la tecnociencia en el mundo globalizado de hoy y la previsible reacción violenta de las identidades religiosas o ideologías que sienten amenazados sus credos y esencias.
En vez de empecinarse en desenterrar los pobres huesos de Cervantes y comercializarlos tal vez de cara al turismo como santas reliquias fabricadas probablemente en China, ¿no sería mejor sacar a la luz los episodios oscuros de su vida tras su rescate laborioso de Argel? ¿Cuántos lectores del Quijote conocen las estrecheces y miseria que padeció, su denegada solicitud de emigrar a América, sus negocios fracasados, estancia en la cárcel sevillana por deudas, difícil acomodo en el barrio malfamado del Rastro de Valladolid con su esposa, hija, hermana y sobrina en 1605, año de la Primera Parte de su novela, en los márgenes más promiscuos y bajos de la sociedad?
Hace ya algún tiempo dediqué unas páginas a los titulados Documentos cervantinos hasta ahora inéditos del presbítero Cristóbal Pérez Pastor, impresos en 1902 con el propósito, dice, de que “reine la verdad y desaparezcan las sombras”; obra cuya lectura me impresionó en la medida en que, pese a sus pruebas fehacientes y a otras indagaciones posteriores, la verdad no se ha impuesto fuera de un puñado de eruditos, y más de un siglo después las sombras permanecen. Sí, mientras se suceden las conferencias, homenajes, celebraciones y otros actos oficiales que engordan a la burocracia oficial y sus vientres sentados (la expresión es de Luis Cernuda) pocos, muy pocos se esfuerzan en evocar sin anteojeras su carrera teatral frustrada, los tantos años en los que, dice en el prólogo del Quijote, “duermo en el silencio del olvido”, ese “poetón ya viejo” (más versado en desdichas que en versos) que aguarda en silencio el referendo del falible legislador que es el vulgo.
Alcanzar la vejez es comprobar la vacuidad y lo ilusorio de nuestras vidas, esa “exquisita mierda de la gloria” de la que habla Gabriel García Márquez al referirse a las hazañas inútiles del coronel Aureliano Buendía y de los sufridos luchadores de Macondo. El ameno jardín en el que transcurre la existencia de los menos, no debe distraernos de la suerte de los más en un mundo en el que el portentoso progreso de las nuevas tecnologías corre parejo a la proliferación de las guerras y luchas mortíferas, el radio infinito de la injusticia, la pobreza y el hambre.
Es empresa de los caballeros andantes, decía don Quijote, “deshacer tuertos y socorrer y acudir a los miserables” e imagino al hidalgo manchego montado a lomos de Rocinante acometiendo lanza en ristre contra los esbirros de la Santa Hermandad que proceden al desalojo de los desahuciados, contra los corruptos de la ingeniería financiera o, a Estrecho traviesa, al pie de las verjas de Ceuta y Melilla que él toma por encantados castillos con puentes levadizos y torres almenadas socorriendo a unos inmigrantes cuyo único crimen es su instinto de vida y el ansia de libertad.
Sí, al héroe de Cervantes y a los lectores tocados por la gracia de su novela nos resulta difícil resignarnos a la existencia de un mundo aquejado de paro, corrupción, precariedad, crecientes desigualdades sociales y exilio profesional de los jóvenes como en el que actualmente vivimos. Si ello es locura, aceptémosla. El buen Sancho encontrará siempre un refrán para defenderla.
El panorama a nuestro alcance es sombrío: crisis económica, crisis política, crisis social. Según las estadísticas que tengo a mano, más del 20% de los niños de nuestra Marca España vive hoy bajo el umbral de la pobreza, una cifra con todo inferior a la del nivel del paro. Las razones para indignarse son múltiples y el escritor no puede ignorarlas sin traicionarse a sí mismo. No se trata de poner la pluma al servicio de una causa, por justa que sea, sino de introducir el fermento contestatario de ésta en el ámbito de la escritura.
Encajar la trama novelesca en el molde de unas formas reiteradas hasta la saciedad condena la obra a la irrelevancia y una vez más, en la encrucijada, Cervantes nos muestra el camino. Su conciencia del tiempo “devorador y consumidor de las cosas” del que habla en el magistral capítulo IX de la Primera Parte del libro le indujo a adelantarse a él y a servirse de los géneros literarios en boga como material de derribo para construir un portentoso relato de relatos que se despliega hasta el infinito. Como dije hace ya bastantes años, la locura de Alonso Quijano trastornado por sus lecturas se contagia a su creador enloquecido por los poderes de la literatura. Volver a Cervantes y asumir la locura de su personaje como una forma superior de cordura, tal es la lección del Quijote. Al hacerlo no nos evadimos de la realidad inicua que nos rodea. Asentamos al revés los pies en ella.
Digamos bien alto que podemos. Los contaminados por nuestro primer escritor no nos resignamos a la injusticia.

La hipocresía moral de los que mandan




Dado que, desde que hay hombres ha habido también en todos los tiempos rebaños humanos (agrupaciones familiares, comunidades, estirpes, pueblos, Estados, Iglesias), y que siempre los que han obedecido han sido muchísimos en relación con el pequeño número de los que han mandado, - teniendo en cuenta, por lo tanto, que la obediencia ha sido hasta ahora la cosa mejor y más prolongadamente ensayada y cultivada entre los hombres, es lícito presuponer en justicia que, hablando en general, cada uno lleva ahora innata en sí la necesidad de obedecer, cual una especie de conciencia formal que ordena: "se trate de lo que se trate, debes hacerlo incondicionalmente, o abstenerte de ello incondicionalmente", en pocas palabras, "tú debes". 



Esta necesidad sentida por el hombre intenta saturarse y llenar su forma con un contenido; en esto, de acuerdo con su fortaleza, su impaciencia y su tensión, esta necesidad actúa de manera poco selectiva, como un apetito grosero, y acepta lo que le grita al oído cualquiera de los que mandan -padres, maestros, leyes, prejuicios estamentales, opiniones públicas-. La extraña limitación del desarrollo humano, el carácter indeciso, lento, a menudo regresivo y tortuoso de ese desarrollo descansa en el hecho de que el instinto gregario de obediencia es lo que mejor se hereda, a costa del arte de mandar. Si imaginamos ese instinto llevado hasta sus últimas aberraciones, al final faltarán hombres que manden y que sean independientes, o éstos sufrirán interiormente de mala conciencia y tendrán necesidad, para poder mandar, de simularse a sí mismos un engaño, a saber: el de que también ellos se limitan a obedecer. 


Ésta es la situación que hoy se da de hecho en Europa: yo la llamo la hipocresía moral de los que mandan. No saben protegerse contra su mala conciencia más que adoptando el aire de ser ejecutores de órdenes más antiguas o más elevadas (de los antepasados, de la Constitución, del derecho, de las leyes o hasta de Dios), o incluso tomando en préstamo máximas gregarias al modo de pensar gregario, presentándose, por ejemplo, como los "primeros servidores de su pueblo" o como "instrumentos del bien común". 


Por otro lado, hoy en Europa el hombre gregario presume de ser la única especie permitida de hombre y ensalza sus cualidades, que lo hacen dócil, conciliador y útil al rebaño, como las virtudes auténticamente humanas, es decir: espíritu comunitario, benevolencia, deferencia, diligencia, moderación, modestia, indulgencia, compasión. Y en aquellos casos en que se cree que no es posible prescindir de jefes y carneros-guías, hácense hoy ensayos tras ensayos de reemplazar a los hombres de mando por la suma acumulativa de listos hombres de rebaño: tal es el origen, por ejemplo, de todas las Constituciones representativas. 

Qué alivio tan grande, qué liberación de una presión que se volvía insoportable constituye, a pesar de todo, para estos europeos-animales de rebaño la aparición de un hombre que mande incondicionalmente, eso es cosa de la cual nos ha dado el último gran testimonio la in fluencia producida por la aparición de Napoleón: - la historia de la influencia de Napoleón es casi la historia de la felicidad superior alcanzada por todo este siglo en sus hombres y en sus instantes más valiosos.

Más allá del bien y del mal - Friedrich Nietzsche

If









If you can keep your head when all about you
Are losing theirs and blaming it on you;

If you can trust yourself when all men doubt you,
But make allowance for their doubting too;

If you can wait and not be tired by waiting,
Or, being lied about, don't deal in lies,
Or, being hated, don't give way to hating,
And yet don't look too good, nor talk too wise;

If you can dream—and not make dreams your master;
If you can think—and not make thoughts your aim;
If you can meet with Triumph and Disaster
And treat those two imposters just the same;
If you can bear to hear the truth you've spoken
Twisted by knaves to make a trap for fools,
Or watch the things you gave your life to broken,
And stoop and build 'em up with wornout tools;

If you can make one heap of all your winnings
And risk it on one turn of pitch-and-toss,
And lose, and start again at your beginnings
And never breathe a word about your loss;
If you can force your heart and nerve and sinew
To serve your turn long after they are gone,
And so hold on when there is nothing in you
Except the Will which says to them: "Hold on";

If you can talk with crowds and keep your virtue,
Or walk with Kings—nor lose the common touch;
If neither foes nor loving friends can hurt you;
If all men count with you, but none too much;
If you can fill the unforgiving minute
With sixty seconds' worth of distance run

Yours is the Earth and everything that's in it,
And—which is more—you'll be a Man my son!



Si puedes mantener la cabeza en su sitio cuando los que te rodean
la han perdido y te culpan a ti.

Si puedes seguir creyendo en ti mismo cuando todos dudan de ti,
pero también aceptar que tengan dudas.

Si puedes esperar y no cansarte de la espera;
o si, siendo engañado, no respondes con engaños,
o si, siendo odiado, no dejas lugar al odio
Y aun así no te las das de bueno ni de sabio.

Si puedes soñar sin que los sueños te dominen;
Si puedes pensar y no hacer de tus pensamientos tu único objetivo;
Si puedes encontrarte con el Éxito y el Fracaso,
y tratar a esos dos impostores de la misma manera.


Si puedes soportar oír la verdad que has dicho,
tergiversada por villanos para engañar a los necios.
O ver cómo se destruye todo aquello por lo que has dado la vida,
y remangarte para reconstruirlo con herramientas desgastadas.

Si puedes apilar todas tus ganancias
y arriesgarlas a una sola jugada;
y perder, y empezar de nuevo desde el principio
y nunca decir ni una palabra sobre tu pérdida.

Si puedes forzar tu corazón, y tus nervios y tendones,
a cumplir con su deber mucho después de que estén agotados,
y así resistir cuando ya no te queda nada
excepto la Voluntad, que les dice: "¡Resistid!".

Si puedes hablar a las masas y conservar tu virtud.
o caminar junto a Reyes, sin menospreciar por ello a la gente común.
Si ni amigos ni enemigos pueden herirte.
Si todos pueden contar contigo, pero ninguno demasiado.
Si puedes llenar el implacable minuto,
con sesenta segundos de diligente labor

Tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y lo que es más: ¡serás un Hombre, hijo mío!

Rudyar Kipling

La imaginación al poder





A principio de los años 90 a veces nos ocurría que encontrábamos por la calle un hombre completamente loco que hablaba solo y luego resultaba que estaba cuerdo y hablaba a través de un teléfono móvil. Hoy, al contrario, nos hemos acostumbrado de tal modo a que todo el mundo tenga un celular y lo utilice en los espacios públicos -la calle, el restaurante, el autobús- que los locos y sus monólogos delirantes pasan completamente desapercibidos: se diría que están hablando por un teléfono móvil. 

Hace poco, en el bar de una estación de tren, me llamó la atención un hombre de unos cuarenta años que, en la mesa vecina, mantenía una acalorada y trágica conversación a través del teléfono. Hablaba con su secretaria, que le daba muy malas noticias. Los bancos le habían negado una nueva línea de crédito, las empresas deudoras no pagaban, la auditoría había descubierto la doble contabilidad y, para colmo, su esposa lo había abandonado por un cliente rico. Nuestro hombre repetía en voz alta esta sucesión de catástrofes alternando la desesperación resignada -una mano en la frente calva, un suspiro- con repentinos cornetazos de resistencia colérica: agitaba un dedo agresivo y se golpeaba el pecho mientras gritaba órdenes a las que su secretaria, al otro lado, oponía una nueva desgracia que inhabilitaba toda respuesta. Al terminar la conversación, el hombre dejó el móvil, como un cangrejo muerto, sobre el tablero, se bebió de un trago el resto de la cerveza y se derrumbó.

Por razones que no hace al caso relatar -una combinación de retrasos y azares empáticos- acabamos sentados a la misma mesa. En resumen: nuestro hombre, que se llamaba Alfredo Expósito, no había mantenido ninguna conversación; no tenía secretaria y su móvil era de juguete. Alfredo estaba loco y se hacía pasar por un empresario ocupadísimo. Estaba tan solo y al mismo tiempo tan en este mundo que acudía con su móvil falso a los lugares públicos para que lo tomaran por lo que no era. Alfredo fingía ser un hombre de negocios, sí, pero lo más extraño es que fingía ser un hombre de negocios... fracasado. Podía haber citado cifras astronómicas de beneficios financieros, operaciones redondas y gloriosas, encuentros con magnates y estrellas de las pasarelas, pero no: iba a parques, bares y estaciones a escenificar en voz alta la ruina de su empresa y el desbaratamiento de su vida. Unas veces era el mercado de divisas y otras veces la fábrica textil, unas veces la malversación de un contable y otras la anticipación de un rival financiero, unas veces su mujer lo abandonada por un triunfador y otras se suicidaba tras perder la casa y el Alfa Romeo, pero lo que no cambiaba era el resultado: de manera invariable Alfredo mantenía por su celular de juguete la última conversación de un fracasado.

¿Por que Alfredo Expósito se hacía pasar por un empresario fracasado? ¿La locura no es más libre que la cordura? ¿No elige siempre ser Napoleón en lugar de uno de sus soldados? No. La locura describe también, y nos impone, el mundo real en el que vivimos. Sin amigos, sin familia, sin trabajo, con un solo traje heredado de su breve pasado de agente de seguros, Alfredo necesitaba integrarse, formar parte de una sociedad que lo rechazaba. Su locura tenía buen tino. De entre todos los tipos integrados, elegía el que la -digamos- “ideología dominante” aprecia y destaca más: el empresario que desde un despacho, a través de un teclado o de un teléfono, levanta millones como olas del mar; el hombre de negocios dinámico que con su varita dirige la orquesta de las riquezas del mundo. Si tenía que fingir “integración” nada mejor que hacerse pasar por directivo de una agencia de inversiones, de una consultoría o de una multinacional de la construcción.

Pero, ¿por qué -por qué- fracasado? Podría decirse que precisamente por afán integrador, pues ningún destino resulta más típico, más estándar, más verosímil en tiempos de crisis que el de un empresario fracasado -e incluso un empresario corrupto. Era un homenaje a los tiempos presentes y, a su modo, una denuncia de sus excesos. Pero había también una cuestión de carácter. Alfredo lo había intentado -me dijo; había intentado hablar con su falsa secretaria y recibir buenas noticias; había intentado fingir que compraba todas las acciones de Monsanto o de Indra, que se apoderaba en el último momento de las concesiones para explotar el gas de esquisto en Túnez y Rumanía, que Irina Shayk había dejado a Cristiano Ronaldo para irse a vivir con él a una isla del Pacífico. Pero no podía, no le salía. “No soy un fantasioso”, me dijo. Se había vuelto loco a la medida de sus posibilidades; era una locura modesta, “del pueblo”, compatible con su timidez y sus recursos. Era una locura de clase media derrotada.

Me acordé -mientras lo escuchaba- de un verso del inmenso poeta portugués Fernando Pessoa (que cito de memoria): “incluso los ejércitos de mi imaginación sufrían derrotas”. En todos los terrenos hay clases; están los fantasiosos y están los imaginativos. De niño a mí me ocurría algo parecido. Adoraba el atletismo y no era malo del todo, pero siempre llegaba segundo a la línea de meta. Cuando imaginaba de noche la siguiente carrera, me representaba a mi mismo en cabeza, comenzaba a sacar más y más ventaja a mis perseguidores, mi victoria era segura y a pocos metros de la llegada, cuando ya oía los aplausos, de pronto no podía evitar imaginar que tropezaba y me caía. Quizás es que no quería ganar y quizás perdía por eso. Lo cierto es que hay mucha gente que asume hasta tal punto su derrota o su subalternidad que, incluso en su imaginación, liga con la chica o el chico feos de la fiesta, juega al fútbol en segunda división o se queda en empleado de banca. En un mundo brutal de fantasías frustradas, de fantasiosos contrariados (arribistas, ambiciosillos, narcisistas e impostores, por no hablar de los tiranos y los financieros) esta imaginación pedestre que mide la realidad y sus hechuras atisba ya otro mundo posible con menos cadáveres en las cunetas. Pero en un mundo de cuerdos fantasiosos y violentos los imaginativos se vuelven locos. Y están solos, como Alfredo, contándoles a un juguete, y no a un amigo, que han fracasado en una carrera que en realidad no han emprendido y que no querrían disputar.

Si tenemos que definir la sociedad capitalista en términos humanos, diremos que es una sociedad compuesta de fantasiosos frustrados e imaginativos derrotados. Imaginativos del mundo, uníos. Puestos a imaginar, a veces imagino que encuentro de nuevo a Alfredo en la estación de la ciudad de un país decente y le está contando muy contento a un amigo tan imaginativo como él (y no a un juguete) que los imaginativos han fracasado: que de las fuentes no mana agua y miel sino agua para todos, que no se ha vencido a la muerte sino generalizado el acceso a la medicina, que los niños no son buenos pero van a la escuela, que los ciudadanos no son ni felices ni omnipotentes pero sí dueños de su destino. Y que la locura no ha desaparecido -ni tampoco la soledad- porque el amor, y el dolor, ganan siempre todas las carreras.

Santiago Alba Rico - La calle del Medio

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